Estándares masculinos

Ocultas por falta de datos

La ausencia de medición de las necesidades, los usos y las realidades de las mujeres ha configurado y configura un mundo pensado para los hombres

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Mujeres que quieren ser visibles.

Mujeres que quieren ser visibles.

Me pongo a escribir este artículo con los ecos todavía muy recientes del último exabrupto machista en el Congreso. Allí, en los debates de una comisión, un señor diputado otorgaba a las mujeres –al menos a las de un determinado partido- la capacidad de ascender únicamente por obra y gracia de otro señor. 

No es nuevo, desde luego, ocultar los méritos de las mujeres para hacerlos depender de los hombres. Pero es muy cansino.

Así como la historiadora británica Mary Beard ha descrito magistralmente cómo la voz de las mujeres ha sido silenciada desde la antigüedad, una obra reciente describe cómo, en esta era nuestra de la sobreinformación, las mujeres seguimos ocultas paradójicamente por… la falta de datos. 

En 'La mujer invisible', Caroline Criado Pérez recorre los más diversos ámbitos rastreando cómo la ausencia de datos específicos sobre las necesidades, los usos, las realidades de las mujeres ha configurado y configura un mundo hecho a la medida de los hombres. Literalmente. Ya sea en el entorno doméstico o en el público, en el laboral o en el sanitario, a lo largo de los países y las culturas.

El libro presenta cuestiones como el impacto que la falta de urinarios para mujeres tiene en su salud y seguridad en numerosos países, o el de las redes de transporte que suponen un peligro cotidiano para millones de ellas. También incluye casos en los que el cambio de enfoque supone una mejora considerable, como la reducción en el número de lesiones por caídas en la nieve al dar prioridad a los recorridos que hacen las mujeres –mayoritariamente a pie- sobre los de los hombres –en coche- a la hora de aplicar políticas de retirada de la nieve en varias ciudades suecas.

La salud ocupacional no tiene en cuenta la diferencia media de temperatura de las mujeres en la climatización

Criado cuenta cómo el uso de estándares masculinos condiciona el diseño de todo tipo de instrumentos y herramientas, desde un piano hasta un ladrillo, con sus correspondientes consecuencias en eficacia, dolencias o comodidad. Describe uniformes considerados unisex, pero pensados para cuerpos de hombres, como ese mono para aislar del frío en situaciones extremas… que obliga a la mujer a quedarse semidesnuda a la hora de orinar. O cómo nuestro mundo tecnológico tan avanzado discrimina consciente o inconscientemente lo femenino; cómo la investigación científica y médica ha ignorado a lo largo de la historia cuestiones como los dolores menstruales o la menopausia, considerados “cosas de mujeres”; cómo la salud ocupacional no tiene en cuenta la diferencia media de temperatura de las mujeres en la climatización, o las diferentes reacciones de los medicamentos en función de las alteraciones hormonales.

Otros temas como las brechas salariales comienzan a estar más analizados, aunque todavía falta mucho para incorporar el valor real del trabajo no remunerado y el tiempo que dedican las mujeres al hogar y a los cuidados en las proyecciones económicas de los países. Una realidad que, más allá de lo económico, solo comienza a tenerse en cuenta tímidamente en la concepción de las políticas públicas en contados lugares.

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La falta de datos se explica porque tradicionalmente nadie se ha molestado en recogerlos por separado, y también porque se ha considerado lo masculino como estándar universal. No es algo que se haya hecho a propósito, simplemente es así. La historia puede explicar parte de esa brecha de datos: durante siglos las mujeres han estado confinadas al hogar. Muchas de las que quisieron escribir, pintar o componer lo hicieron bajo seudónimos masculinos o amparándose tras los nombres de sus esposos, sus hermanos o sus padres. Pero a estas alturas del siglo XXI, ya no se justifica. Y, sin embargo, no solo sigue existiendo, sino que el uso de algoritmos, en teoría neutrales, pero alimentados por datos fundamentalmente masculinos, contribuirá a seguir perpetuando los sesgos.

Son conclusiones tan lógicas, llegan a resultar tan obvias en muchos casos, que parece mentira que nadie hubiera pensado antes en ellas. Pero ahí está, precisamente la cuestión: la necesidad de cambiar el punto de vista, de darnos cuenta –no solo las mujeres- de que la forma de medir el mundo ha estado ceñida hasta ahora a lo masculino. Por ello la insistencia por recoger datos segregados por género. La información es poder.