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De Madrid a los demonios

Un movimiento ideológicamente tectónico de tanta envergadura como el de Gabilondo solo se explica por el miedo

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Ángel Gabilondo.

Ángel Gabilondo. / Eduardo Parra / Europa Press

No ha tenido que pasar ni medio siglo para que aquella ciudad que, orgullosa por el éxito de la Transición, se autoproclamó capital de la modernidad en detrimento de Barcelona e incluso de París o Berlín, haya transitado de pasar la mano por la cara del cielo a convocar, concentrar y desatar los más viejos y malditos demonios de España. Solo ha sido preciso practicar unas grietas en la capa de asfalto que los recubría para que salieran en tromba contra el primero de los obstáculos: el cosmopolitismo. Como buenos expertos en aromas rancios, los diablos de Madrid saben que en el mundo de las megápolis en red no se puede ser esencialista y cosmopolita.

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A tanta velocidad se despliegan una vez sueltos que el vetusto paquidermo encargado de ponerles coto, el candidato Gabilondo, no ha encontrado otra forma de exorcizar la caterva que expulsar al todavía vicepresidente del Gobierno de su partido del círculo cada vez más reducido y más acosado de los que aún se consideran habitantes del paraíso. Un movimiento ideológicamente tectónico de tanta envergadura solo se explica por el miedo. Perdidos por perdidos, si todavía hubiera electores de centro que no fueran muy de derechas de toda la vida, un tiempo enmascarados pero ahora dispuestos a descararse, pues que sepan que el veterano y vetusto PSOE no es tan prisionero de la izquierda llamada transformadora como el PP de la derecha retrógrada. En vez de hacerles frente, Gabilondo se pone de perfil.

En el pulso secular entre los dos extremos que marcan y enmarcan la historia de la península, Barcelona vuelve a disponer de una oportunidad, quizá la última, de retomar el espíritu de los Maragall, abuelo y nieto, y relanzarse como faro y referente de Europa. Esta vez, en vez de dejarse arrastrar y transformarse en filial de los demonios de Madrid, Barcelona podría despertar de nuevo su fortísima personalidad y coliderar desde el Mediterráneo esta Europa que solo podrá sobrevivir en el siglo XXI si, de nuevo ilusionada, es capaz de saltar por encima de sus propios avernos.