Hacia una sociedad hipertecnológica

De Valerio Lazarov al teletrabajo

Para algunas generaciones, el Zoom no era sino el ballet de aquel realizador rumano que convirtió la tele en un carrusel psicodélico, y mira ahora: la pandemia ha obligado a zambullirse de golpe en esta y otras herramientas de comunicación virtual

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Imagen de una videoconferencia.

Imagen de una videoconferencia.

Circula por ahí una viñeta cómica que compara las reuniones por Zoom con las 'séances' espiritistas del siglo XIX, bromeando con las expresiones utilizadas cuando la conexión no chuta: «Elizabeth, ¿estás ahí?», «Xavi, te estamos perdiendo», «si nos escuchas, Paco, haz una señal». En verdad, los usuarios pueden parecer espíritus recién salidos del sepulcro si no sitúan bien las luces durante la videoconferencia; vamos, la familia Addams al completo en el mosaico de la pantalla sin la doble capa de cubreojeras… Quién iba a decirlo. Para algunas generaciones, el Zoom no era sino el ballet de Valerio Lazarov, aquel realizador rumano que convirtió la tele de los años 70 en un carrusel psicodélico, y mira ahora: la pandemia ha obligado a zambullirse de golpe en esta y otras herramientas de comunicación virtual: Teams, Cisco Webex, Jitsi

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Durante el confinamiento a cerrojo, tuvo su gracia: «¿Quedamos el sábado a tomar un vermut?», y se brindaba, y se mostraba el cuenco de aceitunas a través del ordenador. Ahora, la simple mención de una quedada virtual con los amigos hace que el alma se desplome hasta los pies por lo que la propuesta esconde de impostura. Fatiga tanta maquinita y tan poca carne abrazada. Un estudio de la Universidad de Stanford advierte que la interacción telemática requiere mucho más esfuerzo que los encuentros presenciales, sobre todo por el estrés de observarte todo el rato en la pantalla, como si estuvieras apurando el afeitado en público, poniéndote rímel en las pestañas frente al espejo. Y eso es lo de menos; uno se acostumbra a la cara que se le va quedando. Lo peor es la cercenadura de la comunicación no verbal. El Zoom ayudó, por ejemplo, a salvar los muebles de la enseñanza, al sobreprecio de renunciar a la naturalidad, al contacto más humano dentro y fuera del aula. Cuando un alumno apaga la señal de vídeo, ¿significa acaso que estás soltando un peñazo insufrible? O pasa un gato. O saluda el marido que regresa del trabajo. O el teléfono fijo se pone a berrear de repente en mitad de la clase. ¿Vodafone? No, Santa Lucía, seguro de decesos, ¿le interesa una póliza?

¿Qué hay de la intrusión en la intimidad? Y las empresas, ¿tienen en cuenta el coste de disponer en casa de un buen ordenador y banda ancha? La vida va más deprisa ahora que el bípedo que somos. Una de las consecuencias inmediatas de la pandemia ha sido la de acelerar la 'hipertecnología'. Pero con todos sus negativos efectos colaterales —el trumpismo se ha infiltrado incluso en el Barça—, habría que potenciar lo bueno; esto es, la manera en que los avances moldean a nuestro favor las coordenadas donde más flaquea la especie: el espacio y el tiempo. Hablar con un colega conectado desde Uruguay, como si estuviera en la habitación de al lado, no deja de ser un prodigio. Y en estas reuniones por Zoom, se va más al grano, con menos vacilaciones, menos mareos de perdiz, viajes inútiles y cacareos interminables. A fin de cuentas, solo somos el tiempo que nos queda, el olvido que seremos.