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Felipe VI y Pedro Sánchez.

Felipe VI y Pedro Sánchez. / JOSÉ LUIS ROCA

España es un país de encrucijadas. De dilemas goyescos que se han resuelto casi siempre a garrotazos y pocas veces por consenso, el método favorito de las democracias más arraigadas. Consensuada fue la transición que definió a España como un Estado de Derecho cuya forma política era la monarquía parlamentaria. Ambas cosas, derecho y monarquía figuran en el frontispicio de la Constitución. Por este orden y el orden, en toda Carta Magna, tiene su razón de ser. ¿Qué ocurre cuando ambos conceptos amenazan con entrar en colisión? Pues que tenemos un problema y no cualquiera. Una vía de agua que afecta la sala de máquinas de nuestra democracia. En eso estamos. Hay otras prioridades, es verdad, pero una sociedad no escoge los momentos en los que se le presentan encrucijadas. El Rey, tampoco. Y el cúmulo de dislates protagonizados por su padre y otros miembros de su familia –el último de ellos, la vacunación furtiva de las infantas– coloca a Felipe VI ante una de estas disyuntivas históricas.   

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Hasta ahora, la respuesta de los principales partidos de ámbito estatal ante los escándalos que han salpicado al rey emérito se ha basado en distinguir entre él y la institución. Para ello, han exhibido el artículo 14 que nos define como ciudadanos iguales ante la ley. Hayamos nacido en un lugar u en otro, con la piel del color que sea, practiquemos una, u otra, o ninguna religión, tengamos la opinión que tengamos, –incluida la que nos merece la Monarquía–, y sean cuales sean nuestras circunstancias personales o sociales, una coletilla que en teoría nos iguala a todos, incluidos los Borbones y sus descendientes. La separación entre monarca y monarquía sirvió, durante un tiempo, para embalsar una critica que amenaza con sumarse a la polarización cainita que vive el país por una u otra razón (entre otros, por la respuesta al conflicto catalán). El planteamiento era vulnerable, pero encontró un asidero en la abdicación de Juan Carlos en beneficio de Felipe VI. El nuevo rey hizo gestos para ahuyentar la suspicacia popular según la cual de tal palo suele desgajarse tal astilla. Lo consiguió a medias. Su actuación política podrá gustar o no (su discurso del 3 de octubre del 2017 no convenció  a muchos catalanes), pero su actitud ante el asunto Urdangarín y los primeros desatinos de su padre le sirvieron para tomar distancias del descredito que se extendía por su entorno familiar.

¿Sigue siendo útil hoy la Monarquía española? Felipe VI se esfuerza en demostrarlo, con visitas como la de este viernes a la Seat

El tiempo no pasa en balde. Distinguir la institución de quienes la componen ya no es suficiente. Pensar que con ello se podrá hacer frente al desconcierto que anida en la sociedad acerca de la monarquía es no entender la naturaleza que esta tiene en nuestro país. España no es el Reino Unido. Por muy controvertida que haya sido la trayectoria de algunos Windsor ('The Crown'), la historia de los Borbones no ha dejado momentos de glamour como los que los 'royals' ingleses exhiben en Ascott, cada año, desde 1771 y que tanto fascinan a sus súbditos. La Monarquía española es otra cosa. Una institución restaurada por Franco. ¿Pecado original? Mi padre, exiliado durante casi 30 años, aplacaba las ínfulas republicanas de sus hijos recordándonos que la guerra civil había dejado más de medio millón de muertos y que era necesaria la reconciliación. Para él, que había bailado en las calles de Barcelona para celebrar la caída de Alfonso XIII, la de Juan de Carlos era una monarquía útil y punto.

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¿Sigue siendo útil hoy la Monarquía española? Felipe VI se esfuerza en demostrarlo, con visitas como la de este viernes a la Seat, para parar la sangría de la automoción en Catalunya. Una iniciativa ciertamente oportuna, pero que ya no basta. Infelizmente, muchos ciudadanos están más pendientes del bochorno de las vacunas y de los líos de su padre que del apoyo real a la fábrica de Martorell. Así son las cosas en la sociedad de hoy. Al Rey ya no le vale parapetarse tras una actuación institucional por meritoria que sea. El único dique que le sirve es el del derecho y la transparencia. Deshaciéndose de la carga de la impunidad. Abogando por una iniciativa legislativa que no deje dudas acerca de su sometimiento al artículo 14 de la Constitución. En España, el Rey no gobierna, pero él es quien administra su Casa. Y esta administración debe llevarse a cabo con una transparencia de la que ha carecido, durante muchos años, demasiados, la Casa Real.