Cita electoral

Salir del laberinto del desengaño

Catalunya llega a las urnas con el peso de múltiples pérdidas. De las políticas, por supuesto. Pero la pandemia ha quebrado mucho más que el mundo de las ideas

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Manifestación independentista en Barcelona en rechazo a la sentencia del 1-O y para pedir la libertad de los presos, el 26 de octubre de 2019.

Manifestación independentista en Barcelona en rechazo a la sentencia del 1-O y para pedir la libertad de los presos, el 26 de octubre de 2019. / JORDI COTRINA

El 1-O rompió el ‘soma’ de felicidad que había constituido el ‘procés’ para una parte importante de la población. Aquel sueño de colores, aquella revolución con aroma de suavizante. Unas cargas policiales que no dejaban de reproducirse en bucle por las redes sociales, también por los medios públicos, fueron el estilete que rompió el sueño en mil fragmentos de rabia, impotencia y miedo.  

Cuando la gente del 15-M fue desalojada de la plaza de Catalunya por los Mossos, sufrió una violencia tan brutal y gratuita como la del 1-O. La diferencia es que los ‘indignados’ sabían que la lucha, la lucha real, no la promocionada por un largo espot publicitario de siete años, no es una abstracción. Las revoluciones tienen épica, pero también cuerpos que se exponen y pueden ser heridos. El ‘procés’ pretendía ser una lucha sin cuerpos. Nunca utilizó el lenguaje bélico o del esfuerzo, tampoco el del sacrificio. Los cánticos revolucionarios eran rumbas que destilaban alegría y las llamadas a la rebeldía se confundían con sermones eclesiásticos.  

Sin posibilidad de éxito

Al trauma del 1-O se sumó el fracaso de la DUI, el 155 y la cárcel. Todo salió mal. Podía haber ido mejor si el PP no hubiera judicializado la política y la justicia no se hubiera politizado. Entonces, no tendríamos estas condenas que huelen a escarmiento. Pero llegados al punto de un referéndum ilegal que el Govern vendía como vinculante, decisivo para proclamar la independencia, había pocas opciones de un final feliz. Nunca hubo ninguna posibilidad de éxito. Ni el Estado español se doblegaría ni la comunidad internacional echaría una mano. De la UE solo cabía esperar que levantase un cortafuegos.  

Si repasamos la lista de los países del mundo que han conseguido la independencia después de 1990 sin ninguna o poca violencia antes o después de conseguirla, solo encontramos un puñado de países que provenían del bloque soviético o de la antigua Yugoslavia. También está Palaos, un país insular de la Micronesia con poco más de 20.000 habitantes. Ningún caso es comparable. Catalunya forma parte de España desde su fundación, hace siglos, cosa que ha creado unos vínculos económicos, históricos, sociales y culturales evidentes. No es una colonia ni sus ciudadanos están regidos por unos derechos y deberes diferentes al resto del país. Todo esto no implica que el independentismo deba renunciar a un objetivo lícito, pero es obligado tenerlo en cuenta para medir la inmensa dificultad de la tarea. Enmascararla con propaganda narcótica no es un camino real para conseguir nada.  

Después del naufragio de la DUI, la razón llamaba a hacer revisión de daños y replanteamiento del proyecto. Nada de esto se ha hecho de forma pública, colectiva y profunda

En una estrategia política realista, la obtención de la independencia debería contemplar la paciencia y el esfuerzo si se opta por el pacto o la penalización económica y la fractura social y emocional si se asume la opción unilateral. En este último caso, la llamada debería contemplar el sacrificio. Aquel “sangre, sudor y lágrimas” que Churchill ofreció a sus ciudadanos para salir victoriosos de la guerra. Después del naufragio de la DUI, la razón llamaba a hacer revisión de daños y replanteamiento del proyecto. Nada de esto se ha hecho de forma pública, colectiva y profunda. Demasiado a menudo, se ha optado por substituir el arcoíris por las 'fake news' más envenenadas. Una nube de decepción, dolor y rabia a la que se ha sumado el vendaval de la pandemia. 

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Catalunya llega a las urnas con el peso de múltiples pérdidas. De las políticas, por supuesto. Tanto los que se alinearon con el ‘procés’ como quienes lo observaron (o sufrieron) desde la barrera sienten que la Catalunya actual difiere demasiado de la que anhelan. 32.108 km2 de incomodidad, de espinas en el aire, de desconfianza. Pero la pandemia ha quebrado mucho más que el mundo de las ideas. Una crisis profunda y repentina, justo en plena recuperación de la anterior, ha hundido las expectativas de cientos de miles de personas. 

La pandemia atenaza al mundo, pero el dolor de millones no hace más llevadero el particular. Ni esa soledad que se ha pegado como una sombra, insoportable en las despedidas. Llegamos a la jornada electoral con un puñado de sueños atrapados en el laberinto del desengaño, pero las urnas siempre abren nuevas salidas. El camino de la recuperación está en la próxima estación y podemos elegir cómo transitarlo.