Cultura segura

¿Visto para sentencia?

Un enorme movimiento de empatía con las artes escénicas mantiene la mínima actividad necesaria para que los teatros no desaparezcan del todo

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Josep Maria Pou (centro) y Vicky Peña, en un momento de ’Justícia’.

Josep Maria Pou (centro) y Vicky Peña, en un momento de ’Justícia’.

Parece, pues, que todo puede ir a peor. El eco repite, incansable, la fatal advertencia: «Guárdate de los idus de marzo». Porque parece que será entonces, marzo o abril, cuando se llegue al pico máximo de esas curvas sobre las que venimos cabalgando faltos de maña y faltos de ingenio; faltos, incluso, de la energía necesaria para tirar de las riendas con fuerza y clavar en su sitio el bocado del freno. Cunde el desánimo tanto como suben las cifras. Fallan las fuerzas. 

Los teatros de casi toda Europa, que van ya por el tercer o cuarto aplazamiento de su ansiada reapertura, piden, claman, imploran, fórmulas imaginativas que les ayuden a sobrellevar la ruina de lo que pronto va a ser un año entero de cierre obligado. Una reciente iniciativa liderada por Carme Portacelli desde el Teatre Nacional de Catalunya, a la que se han unido creadores y responsables de la mayoría de teatros europeos, reclama que la política de los distintos pueblos facilite de manera urgente los medios necesarios para «poder seguir contando historias». Y apunta una reflexión que de tan obvia corre el peligro de pasar inadvertida: «No es normal que los teatros estén cerrados». 

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Cierto es que aquí en España, aún con limitaciones, la mayoría de teatros siguen funcionando. Un enorme movimiento de empatía con las artes escénicas, auspiciado con el acertado lema de «la cultura es segura», mantiene la mínima actividad necesaria para que el viento del virus no consiga barrer del todo la huella de quienes somos, que hacemos y porqué lo hacemos.

Otros lugares lo tienen más difícil y llegan a situaciones nunca imaginadas. El célebre teatro The REP, por ejemplo, uno de los de mayor prestigio de toda Inglaterra, con base en la ciudad de Birmingham, se encuentra metido ahora en un conflicto que es teatral, social y judicial al tiempo. Ante la falta de ingresos por el cierre obligado y a punto de llegar a cero en la bolsa de reservas, sus directivos han decidido que dado que sus grandes espacios no pueden albergar representaciones teatrales, sí podrían, quizás, arrendarlos para otras actividades que ayuden a mejorar su situación financiera. Resulta que, al mismo tiempo, el sistema judicial de Inglaterra, anda tan sobrepasado de causas pendientes que necesita de muchos más locales y viene alquilando, para ello, cualquier espacio que pueda convertirse en una Sala de Audiencias temporal. Es en este punto donde el hambre se ha encontrado con las ganas de comer, y el REP ha cedido –previo pago, claro– su espacio a los tribunales.

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Este cambio de actividad del teatro ha enfurecido a los actores de raza negra de la propia compañía, quienes afirman que los jueces y la policía se han cebado históricamente con las comunidades de color y consideran ofensiva la connivencia de intereses del teatro con un sistema judicial que siempre se ha manifestado como «el mayor opresor sistemático de los negros en este país». 

Difíciles los problemas. Y difíciles, tanto o más, las soluciones.