A pie de calle

Los eternos resilientes

Se lee en minutos
Un sintecho durmiendo bajo los arcos del paseo de Picasso, el pasado octubre.

Un sintecho durmiendo bajo los arcos del paseo de Picasso, el pasado octubre. / Manu Mitru

La RAE eligió hace un mes escaso la palabra del 2020. La cosa estaba disputada en el año del coronavirus. Entre unos cuantos términos vinculados estrictamente a la pandemia, se coló una palabra que define la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a situaciones adversas. Resiliencia. Parecía adecuado para el contexto actual. Al final, todos hemos tenido que adaptarnos a la nueva normalidad, que de nueva lo tenía todo y de normalidad, nada.

Vivimos con la ilusión de que esta adaptación sea temporal. ¿Acaso se puede ser resiliente todo el tiempo? En realidad sí, aunque esperamos que para esto del coronavirus no nos haga falta porque queremos que 'todo' acabe pronto. Pero hay quienes demuestran una y otra vez que son auténticos resilientes. Se han tenido que acostumbrar a vivir sobreviviendo. Y no a una pandemia, sino a elementos que la mayoría ni tenemos en cuenta. El frío, la lluvia, el hambre.

Te puede interesar

Los eternos resilientes están en nuestras calles. Los vemos todo el rato pero hemos aprendido a no prestarles atención. Miramos para otro lado, nos anestesiamos. Pasa sobre todo en aquellos barrios donde es habitual ver pobreza. Si vives en el Raval, la frustración de ver una persona durmiendo en la calle en plena ola de frío no puede revolverte la tripa cada vez. Tampoco puede asombrarte ver una cola de carritos que solo crece esperando ser llenados en la puerta de una entidad social. Ni puede dolerte siempre que una persona a la que ves cada día (y a la que cariñosamente has puesto un apodo, porque no sabes cómo se llama) vaya mesa por mesa de los bares pidiendo una moneda. ¿O si puede?

Cuando todo esto pase, muchos volveremos a nuestras vidas en un punto parecido a donde las dejamos. Sin embargo, esta nueva crisis va a seguir engrosando la lista de supervivientes crónicos. ¿Cuánto más pueden aguantar? ¿Y cuánto tiempo podremos nosotros cerrar los ojos para no ver a los perpetuos olvidados?