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Una mirada particular

Arturo San Agustín se zambulle en la Roma más auténtica y menos turística en 'Amanecer en el Gianicolo'

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Cúpulas y tejados de Roma.

Cúpulas y tejados de Roma. / Ricard Fadrique

En esta etapa de ruido y furia, los relojes asesinan el tiempo. Quizá por eso, y anticipándose un siglo, William Faulkner dejó escrito que solo al detenerse el reloj vuelve el tiempo a la vida.

Hay días en los que todos desearíamos que la máquina infernal se parase. Que las manecillas históricas dejasen de marcar las horas del bolero y los dígitos actuales dejaran de contabilizar los pálpitos del reguetón. Y que la vida nos permitiera una escapada para recuperarla, y los sentidos, una tregua para saborearla.

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Durante años, cuando Arturo San Agustín (Barcelona, 1949) se notaba dominado por el exceso del desencanto, por las trifulcas del trabajo o por los avatares de un dios desconocido, se escapaba a Roma. Se perdía por sus calles adoquinadas, escuchaba a sus gentes descreídas, se tomaba una taza de café en la barra porque un cliente le ilustró que “hay que hacerlo de pie y en dos sorbos ya que solo los turistas se toman el café sentados”. Y en medio de rutas imprevistas, buscaba un banco público para poder observar pacientemente las fachadas desconchadas.

Un ático con terraza

Y hacía amigos que tuvieran un ático con terraza “porque cuando uno amanece en un ático romano con terraza, desde la que se pueden observar pinos, edificios, cúpulas de iglesias, terrazas, más pinos, las inevitables gaviotas, alguien hablando por teléfono y, más al fondo, el espectacular Cupolone, es decir, la cúpula de la basílica de San Pedro, la mirada se alegra y se valora la vida”. Y el tiempo se detiene y los colores van desplegando su atractivo a través de un pantone completo. “Del ocre intenso al oro matutino. Blanco imperial, blanco de mármol a veces poco blanco, blanco sucio, descolorido. Verde de musgo, verdín, ladrillo rojo, grises de lluvia, amarillos de agosto y algún siena. Rosa extraño y también verde de pino. Negro histórico en algunas estatuas y un gran azul en lo alto después de las tormentas”. 

Este es el paisaje del sosiego admirado desde el Gianicolo. La octava colina que domina la postal y desde donde el silencio reparador contrastaba con el bullicio de sus calles cuando estaban repletas de turistas impacientes, a los que no se debería permitir que transitaran en pantalón corto según sentencia Arturo con la contundencia de sus convicciones cada vez más inalterables a causa del asedio al que cree que el mundo de hoy le tiene sometido. Hombre de cultura, escritor de detalles, amigo de monjas y cardenales, transeúnte incansable, cúmulo de vivencias, rico en fraternidad y añorado anarquista, Arturo San Agustín se interesó por el idioma italiano por una canción.

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Banda sonora

Corría 1961. El festival de San Remo era una lanzadera de éxitos musicales que Italia intentaba ampliar a través de otro certamen todavía incipiente. Eurovisión. Televisión en blanco y negro, voces prometedoras y melodías después universales. ‘Al di là’ fue el tema. Y este más allá inicia la banda sonora de un libro destinado a convertirse en la guía humana y sensorial de la capital de nuestro imperio cultural. Si le añadimos ‘Sapore di sale’, ‘Senza fine’ o ‘Il Mondo’, Modugno, Vanoni, Mina, Conte o Pavarotti, Verdi o Morricone, obtenemos una recopilación indiscutible que se adapta a las páginas, como el cine a la retina y las torres y campanarios al horizonte eterno oteado al ‘Amanecer en el Gianicolo’.      

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