Cine

El fin de las películas particulares

Creo firmemente que están en peligro de extinción las propuestas personales entre los dos bloques que se lo reparten todo: las superproducciones y el contenido 'random' para plataforma

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Fotograma de la película ’Como sobrevivir en un mundo material (Kajillionaire)’, de Miranda July.

Fotograma de la película ’Como sobrevivir en un mundo material (Kajillionaire)’, de Miranda July.

El viernes pasado se estrenó en cines Cómo sobrevivir en un mundo material (Kajillionaire), la nueva película de Miranda July. No se le ha hecho mucho caso. Lógico. El cristo que ha montado Warner al anunciar que en 2021 estrenará sus películas (lo que incluye las superproducciones Dune, Matrix 4 o Gozilla vs. Kong) simultáneamente en cines y en la plataforma HBO Max ha secuestrado la conversación. La coincidencia de ambas cosas, un estreno pequeño y una decisión que cambia las reglas del juego (como si fueran pocas las circunstancias y las decisiones que han arrollado al cine los últimos meses), tiene algo de broma de mal gusto. Es como si una mente perversa quisiera recordarnos que la existencia de películas como la de July, que por cierto es extraordinaria, ha dejado de tener sentido.

¿Qué espacio ocupan hoy esas propuestas? La sospecha de que la franja intermedia a la que pertenece la película de July estaba condenada a morir empieza a ser, más que una sospecha, una evidencia. Hasta ahora podía aceptar que este argumento se considerara una simplificación, podía reconocer que, aunque cada vez fuera más estrecho, quedaba un espacio para propuestas personales entre los dos bloques que se lo reparten todo: las superproducciones (que, eso es verdad, esta semana se han llevado un buen meneo) y el contenido random para plataforma, cada vez más perezoso y homogéneo. En relación a este fondo de catálogo, hoy tampoco me consuelan las excepciones, contadas y casi todas dirigidas por cineastas que a estas alturas no tienen que demostrar nada.

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Quizá sea pesimista, pero ahora ya sí creo firmemente que películas como la de July, que no se casan con nadie, están en peligro de extinción. Y lo más fuerte es que la propia película lleva incorporado ese lamento. Se nota en su honesta y melancólica necesidad de romper con las nuevas convenciones, empezando por los personajes. Es la segunda vez que siento que una película de esa naturaleza (la primera fue con The Beach Bum, de Harmony Korine) es consciente a la vez de su fuerza y de su fragilidad, de estar moviéndose con mucho esfuerzo en unos parámetros que, por desgracia, han dejado de ser válidos.