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Elogio de la 'fuckin' merda'

'Virtudes (y misterios)', de Xesús Fraga, es una historia magnífica, entre la autobiografía familiar y la novela migrante

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La Estatua de la Libertad, en una foto de archivo.

La Estatua de la Libertad, en una foto de archivo. / MICHAEL NAGLE (AFP)

Esta es la historia de un tipo que sale de la aldea en los años 30, solo vacas y hierba, y aparece en La Habana de los años 30, neones y trompetas: vuelve con un reloj que él defiende que es de oro y también con una afición: dibujar mapamundis inventados. Es la historia de ese otro, que acaba en la misma ciudad una década después, logra trabajar en la mejor sastrería de la capital cubana, donde viste a cantantes y mafiosos del Hotel Continental, y quizá por eso deja de escribir a su familia gallega y desaparece. O de aquel otro, que se equivoca de barco y aparece en Nueva York, donde un trabajador de Ellis Island le inspecciona los ojos en busca de tracoma y él le suelta en gallego, porque cree que ese es el idioma que se habla en todo el mundo, “'Estou san como un carballo'!”. O de aquel de más allá, que volvió a A Coruña con mucho dinero y un leve acento italiano (se supone que había trabajado en las atarazanas neoyorquinas controladas por el todopoderoso Lucky Luciano). O, y ya vamos acabando, de aquel que visitó su pueblo gallego poco antes del ascenso al poder de Castro y los suyos: una noche, de borrachera, compró cinco casas de la costa lucense. Al día siguiente, lo vinieron a buscar para escriturar el acuerdo en plena resaca oceánica de aguardiente: no sabía de qué le hablaban, pero les siguió la corriente. Semanas después, gracias a esa firma etílica, se salvó: gran parte de su fortuna quedaría bloqueada en América por los barbudos.

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Todas estas son historias de mi familia, o explicadas por mi familia, pero esa no es la historia que he venido a explicar hoy. La que nos ocupa es otra, que arranca con una severa abuela gallega, bajita y de piernas arqueadas, que suelta: “¡Estás ‘wrong’!”. Y, poco después, “¡’Fuckin’ merda’!”. 

¿Quién es esa abuela? ¿Y a quién le endilga los exabruptos? La abuela es la verdadera protagonista de un libro: ‘Virtudes (y misterios)’, que acaba de editar en castellano Xordica. Y quien encaja esas frases es el autor y también el nieto, Xesús Fraga, que ha escrito una historia magnífica, entre la autobiografía familiar y la novela migrante, entre Natalia Ginzburg y Miguel Barnet. 

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Virtudes emigró a Londres en los 60, años después de que su marido abandonara el hogar para buscar fortuna a Venezuela y, ya en Caracas, decidiera no regresar y cortar con su familia. Hay un plano y contraplano transoceánico en la última foto que se mandan: él con camisa blanca ligera y bigotito recortado; ella, vestida de luto, y flanqueada por sus tres hijos. 

Virtudes decide, cuando se queda sin marido, viajar en dirección contraria, a Londres, y allí se busca la vida y encuentra hasta otro nombre para ella: Betty. Esta es su historia, la de esa abuela que se maneja con el callejero de Londres como por las ‘corredoiras’ de Betanzos, que trabaja limpiando casas de familias bien inglesas, que llama a casa sin morriña desde cabinas estampadas con pegatinas de asiáticas sumisas. Es, también, la historia de su hija, y es también la del hijo de su hija, que a veces lleva camisas londinenses de Steve Marriott en su pueblo y hasta come ‘curry powder’ o mantequilla de cacahuete, y que finalmente la visita cuatro veranos seguidos, entre 1986 y 1990. Es, también, la historia de su relación, de la tensión entre pasado y modernidad, de vidas “regidas por el reloj del esfuerzo” y de padres que te dicen que meter las manos en los bolsillos da mala impresión. Es la historia de indianos y emigrantes, cuyas vidas viajan en el tiempo. La historia de uno o dos países, o historia de dos ciudades, o de una ciudad y un pueblo, también. La historia de una familia que viene de la ‘fuckin’ merda’, de la miseria franquista, y que encuentra una vida a través de una lengua y que trabaja esa vida, como se ara la tierra, como se cuida una huerta con la que subsistir, a partir de lo primero que se aprende de ese idioma: ‘to be’. Ser.

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