01 dic 2020

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Análisis

Luego de perder las elecciones, Trump quiso atacar instalaciones iraníes.

AFP

Donald Trump: el ruido y la furia

Rafael Vilasanjuan

Trump no solo ha perdido las elecciones, además ha perdido el norte. La gran suerte es que el país no va a seguirle

Los días de Donald Trump en la Casa Blanca están contados, aunque a él le gustaría hacerse eterno, cuando entremos en la tercera semana del nuevo año, se acabó. Tendrá que entregar las llaves del poder aunque siga pensando que ganó o, mejor dicho, siga queriendo hacer creer que los votos anticipados le robaron una victoria que merecía y que arrojan un resultado ilegítimo. Su relato choca con una realidad abrumadora. El triunfo de Joe Biden no es por lo pelos, ni depende de uno o dos Estados. Le ha sacado seis millones de votos de ventaja y le ha ganado abrumadoramente por una diferencia de mas de 70 delegados en los colegios electorales. Como en la novela de William Faulkner 'El ruido y la furia', donde un idiota narra la decadencia de la aristocracia del sur, el relato al que se aferra Trump empieza a sonar no tanto decadente como delirante.

Pero es lo que hay, de momento una transición muy dura. Puede, incluso, que no haya transición, algo que no ha pasado en la historia de EEUU donde, desde George Washington, por mas rivales que sean, la transición se ha hecho siempre de manera escrupulosa y cordial como corresponde a la democracia más potente del mundo. Lo que parece seguro es que vamos a cansarnos -si es que no lo estamos ya- de la figura histriónica de un presidente sin otro proyecto más que el suyo personal. Pero, con más de 70 millones de votantes, en un país dividido por el eje, donde va a ser difícil recomponer costuras, el muro de contención sobre el que Trump quiere construir una narrativa propia a base de mentiras es sólido y aunque no todos van a aceptarlas, de momento la mayoría, incluso dentro del partido, calla.

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Solo es cuestión de tiempo, hasta ahora el presidente gruñía en las redes, dejaba entrever falsedades, despreciaba con sorna a sus rivales, a los medios y a todo el que le llevara la contraria, incluido Anthony Fauci, el hombre que está detrás del desarrollo de medicamentos y vacunas en EE.UU. La estrategia no le ha funcionado para la reelección y ahora apuesta directamente por la mentira. No hay como mirar los tweets de estos últimos días, la mayoría etiquetados como imprecisos o sin evidencia, por no poner que todo forma parte de una gran mentira, para entender que Trump no solo ha perdido las elecciones, además ha perdido el norte.

La gran suerte es que el país no va a seguirle. EEUU no es ni Rusia ni Venezuela, sus instituciones son ejemplo de una democracia grande, que nunca va a permitir que alguien la ponga en cuestión. Trump se la está intentado llevar por delante con la misma socarronería con la que aseguró que el virus desaparecería solo. Lo que tal vez nunca imaginó es que la epidemia puede que se vaya cuando en la Casa Blanca haya por fin alguien que tome decisiones de verdad. Hasta que Joe Biden entre el próximo 20 de enero podemos asistir a una sucesión de furia y ruido, pero cuanto más fuerte sea la primera y más sonoro el segundo, más solo estará el presidente Trump y más triste será su salida y su legado.