01 dic 2020

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El presidente de EEUU, Donald Trump.

BRENDAN SMIALOWSKI (AFP)

Trump sigue sin aceptar la derrota

Ramón Lobo

No celebren en exceso la presidencia de Joe Biden. Aún pueden pasar muchas cosas hasta el 20 de enero. Es una mala señal que estemos hablando de la posibilidad de un golpe de Estado en EEUU, como si de tratara de una dictadura. Tras cuatro años de Donald Trump todo parece posible, incluso lo inimaginable. Faltan diez semanas, una eternidad.

Las demandas judiciales impulsadas por el presidente no buscan revertir los resultados porque hasta él mismo sabe que no hay evidencias de fraude. Solo trata de bloquear las certificaciones de los resultados por parte de los Estados, que deberían finalizar antes del 8 de diciembre. Su objetivo es prolongar este clima insurreccional hasta el 14, fecha en la que el Colegio Electoral debe reunirse y proclamar el presidente electo en las capitales de cada uno de los 50 Estados.

Con este fin, altos cargos republicanos apoyan una revuelta de los legisladores en Pensilvania y otros Estados para que los compromisarios actúen en conciencia. Aunque las leyes les obligan a votar al ganador en su Estado, existe margen de interpretación constitucional. Toda disputa acabará ante un Tribunal Supremo que incluye los tres jueces nombrados por Trump que le garantizan una mayoría conservadora de 6-3. Será difícil que algunos de esos magistrados, por conservadores que sean, se impliquen en una cacicada que puede derivar en guerra civil.

Toxicidad extrema

Es posible que Trump se tenga que ir el 20 de enero, pero la toxicidad extrema con la que ha impregnado su presidencia y la política de EEUU se mantendrá durante años. Ha roto las reglas de juego, que en una democracia son la base de la convivencia. Ha destruido los puentes de entendimiento. Al otro lado solo quedan enemigos.

No es solo el presidente el que emponzoña todo desde su cuenta de Twitter, en la que solo le falta llamar a la resistencia (todo se andará). Son los altos cargos del partido y del Gobierno que le siguen el juego. El Partido Republicano está ocupado por un Alien. Hay algo de secta en el comportamiento de los senadores republicanos; también, abunda el miedo y la cobardía.

Más de 72 millones de votos le otorgan un poder cuasi divino sobre sus huestes. En la batalla de Georgia, donde sus dos escaños del Senado van a segunda vuelta el 5 de enero y de los que depende el control de la Cámara alta, se escucha el lenguaje catastrofista que ha funcionado en Florida. Los republicanos afirman que EEUU se juega la democracia frente al socialismo. Toda esta desmesura se ha instalado en la vida política de EEUU. La hemos normalizado.

Neonazis y supremacistas

Miles de neonazis, supremacistas blancos y racistas se reúnen este fin de semana en la capital federal en una marcha de apoyo a Trump llamada#STOPTHESTEALCARAVAN (en mayúsculas, como los tuits de su héroe). ¿Nadie en el Partido Republicano se siente incómodo junto a este tipo de aliados? Les pueden sumar los dictadores que aún no han felicitado a Biden.

Fox News, canal de cabecera de Trump hasta esta semana que se ha producido la ruptura, no sabe qué hacer. El aún presidente está furioso porque no sigue sus instrucciones. Por un lado está la Constitución y por otro, el hecho de que el 78% de los votantes republicanos cree que se ha producido un fraude. Algunos presentadores hablan de presidente electo Biden y otros jalean la tesis del robo. Un tercio de la audiencia de este canal ultraconservador lo considera demasiado liberal.

El último gesto del presidente antes de su marcha será decretar perdones para toda su familia, colaboradores estrechos y para él mismo. Será un blindaje a prueba de críticas entre sus 72 millones de adoradores. El plan de repuesto es regresar en 2024.

Crisis, pandemia y miedo

Crisis económicapandemia y miedo son elementos que avivan las recetas simples, y más en un mundo que dejó de guiarse por la verdad. Triunfan los mensajes populistas y las sectas como QAnon. Aceptamos bulos como si fuesen noticias. Pisamos un territorio pantanoso. Ya estuvimos en él en los años 30 del siglo pasado.

El comunismo se hizo con el poder en un país feudal que lo embruteció. El nazismo triunfó en el país más culto de Europa, junto a Francia. Nadie está a salvo de la barbarie. Tras la segunda guerra mundial pensamos que el mal estaba exterminado. Un grave error: Lo que impulsa el nazismo sigue entre nosotros, en el Reino Unido que galopa hacia un Brexit sin sentido; en los EEUU de Trump y en la España de Vox. Es el depredador insaciable. Biden y las izquierdas tienen un serio problema: se quedaron en los eslóganes en un mundo que dejó de escuchar.