LA ERA POST-COVID

De la meritocracia al bien común

Los valores del mundo pre-covid han quedado caducos; en adelante, el talento individual será irrelevante si no se pone al servicio de lo común

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De la meritocracia al bien común

ANNA BAQUERO

Gran parte de mi niñez y adolescencia transcurrió en la década de los 80. La estética, la música y las películas de aquella época están dentro de mí sin que pueda hacer nada por remediarlo, pues aquello que descubrimos de adolescentes nos acompaña durante toda nuestra vida. 

Casi todo lo que brillaba en aquella época llegaba de Estados Unidos. En aquellos años me impregné del “sueño americano” y asumí con naturalidad que era capaz de llegar “allí donde mi talento y mi esfuerzo me llevaran”. El ideal meritocrático me sedujo completamente porque me invitaba a confiar en mis posibilidades. 

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Durante los años de formación sentí que mi destino me pertenecía y que todo lo que conseguiría en el futuro sería fruto de mi esfuerzo. Mi educación fue enteramente pública: colegio público, instituto y finalmente, la prestigiosa universidad pública Pompeu Fabra, a la que accedí con una beca durante el primer año, gracias a mi excelente expediente académico.

Búsqueda incansable

Pasaron los años y arranqué mi vida laboral con el firme propósito de encontrar un lugar que me permitiera seguir creciendo. Trabajé durante años unas 12 horas diarias y nunca dejé de formarme. No fue sencillo, pero me mantuve incansable en la búsqueda de un espacio propio. Viví el “sueño americano” sin salir de mi adorada Barcelona.

La cultura del mérito es enormemente seductora; te insufla energía y esperanza, te hace creer que lo que sucede en tu vida depende eminentemente de ti. Fui afortunada de formarme bajo este influjo porque me hizo actuar como si todo estuviera a mi alcance. En mi entorno profesional rompí barreras y sorteé obstáculos simplemente porque actué como si no existieran. 

Fui alcanzando logros mientras apuntalaba mi fe en la meritocracia. Estaba convencida de que las desigualdades –de género, clase o raza– quedarían eliminadas en cuanto fuéramos capaces de construir sociedades, empresas y entornos sociales verdaderamente meritocráticos. Yo deseaba ser un agente de ese cambio y me involucré en diversas organizaciones e iniciativas con ese objetivo. Recurrentemente daba charlas a estudiantes; les explicaba que el mundo empresarial y económico valoraría su talento por encima de cualquier otra cosa y que valía la pena esforzarse. Me sentía relativamente optimista; creía sinceramente que cada vez estábamos más cerca de alcanzar la igualdad de oportunidades. 

Impotencia y resentimiento

Pero llegó la gran crisis del 2008 y la promesa meritocrática se rompió en mil pedazos; mucha gente se quedó atrás, al margen de su talento y esfuerzo. La meritocracia entendida como un proyecto individual generó una terrible frustración en aquellos que se esforzaron y no progresaron, así como una indisimulada arrogancia en muchos de los que llegaron a lo más alto. Muchos sociólogos atribuyen el triunfo de Trump y el voto a favor del Brexit, ambos en el 2016, a la impotencia que se generó en las capas de población que quedaron descabalgadas de la prosperidad. Impotencia que en muchos casos se tornó resentimiento, no solo por la manifiesta falta de oportunidades, sino porque se sentían juzgados por aquellos que habían sido capaces de progresar. 

Aún sin haber acabado de digerir plenamente la crisis anterior, la pandemia global en la que estamos inmersos nos está dejando un escenario económico desolador, que acentúa aún más las desigualdades sociales. El problema no es que no hayamos sido capaces de construir una sociedad verdaderamente meritocrática, sino que la meritocracia en sí misma es un ideal imperfecto, porque pone todo el acento en el esfuerzo individual e ignora el valor de la solidaridad y el logro comunitario, aspectos que cobran más relevancia que nunca en el actual contexto de pandemia.

Que nadie se quede atrás

Los valores del mundo pre-covid han quedado caducos, sus grietas los vuelven irrecuperables. El talento y el esfuerzo individuales seguirán siendo la base de toda prosperidad, pero en este nuevo mundo serán prácticamente irrelevantes si no son capaces de ponerse al servicio de “lo común” y de movilizarse para que nadie se quede atrás.

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Aunque el panorama actual no invite al optimismo, la pandemia ha alumbrado una idea esperanzadora; el proyecto de progreso en comunidad. La cultura meritocrática a muchos nos inspiró y nos ayudó a progresar, pero también nos llevó a tener actitudes tremendamente individualistas. La meritocracia ya no es suficiente, tenemos que aspirar a construir algo mejor. 

Esta próxima etapa se definirá a partir de las conexiones y los vínculos sociales, capaces de tirar adelante proyectos colectivos. El nuevo reto es configurar una sociedad que aspire al bien común. Y para alcanzarlo, la cultura y la nobleza de espíritu son la hoja de ruta adecuada. 

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