EFEMÉRIDE

Celebremos todo lo intrascendente

Dejen por un momento de interesarse por cómo está el mundo ¿suponiendo que aún lo hagan¿ y piensen en sus cinco sándwiches favoritos

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Celebremos todo lo intrascendente

ANNA BAQUERO

Como están muy serias las cosas para hablar de cosas serias, les voy a hablar del día mundial del sándwich, que es el próximo martes y que este año pienso celebrar por todo lo alto, a falta de mejores celebraciones. Les animo a que hagan lo mismo. Dejen por un momento de interesarse por cómo está el mundo —suponiendo que aún lo hagan— y piensen en sus cinco sándwiches favoritos. Verán cómo su humor mejora de inmediato.

Pero antes, un poco de historia. Todo el mundo sabe —y Wikipedia lo bendice— que el invento debe su nombre al inglés conde de Sándwich, John Montagu, aficionado al juego y a la comida, quien solía pedir la carne emparedada en pan para no ensuciar los naipes mientras comía. Hay quien le pone fecha al invento: 1748, durante las negociaciones de paz de Aquisgrán. La ciudad alemana incluso le discute a Inglaterra el honor de ser cuna del primer sándwich del mundo. No sé cómo se habría tomado este inglés ilustrado, viajado y rico, que metió sus narices en importantes asuntos políticos de su tiempo y tuvo una vida personal ruidosa, que la historia lo recuerde por algo tan plebeyo, democrático y cotidiano como un bocadillo. Sin embargo, si pudiera le diría que si fuera recordado por cualquier otra cosa, seguramente hoy no lo recordaría nadie. Ni, desde luego, estaría en esta página, compartiendo el domingo con ustedes y conmigo.

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Lo de la invención del sándwich (léase bocadillo, porque en inglés no hay distinción entre ambos) me parece una petulancia inglesa. Para inventar el sándwich no hace falta ser un gran imperio. Cualquiera que tenga dos rebanadas de pan y algo que poner en medio puede hacerlo. Este asunto me recuerda a la polémica, tan española, sobre quién o dónde se inventó el pan mojado en tomate. Los murcianos afirman que fueron ellos quienes lo introdujeron en Catalunya, los catalanes se lo discuten acaloradamente y Néstor Luján dejó escrito que el descubrimiento es francés. Y yo me pregunto si no pueden tener todos razón. Quizá al mismo tiempo un señor en Murcia, una abuela en Tremp y una damisela en Grenoble tuvieron a mano un tomate blando y un pedazo de pan duro y encontraron el inteligente y delicioso modo de aprovecharlos ambos. Y cómo negar que al sándwich dieciochesco le ocurriera lo mismo.

Y volviendo a los sánduches (cómo me gusta este modo en que han hecho suya la palabra en algunos países latinoamericanos) y a su presencia en nuestras vidas. Escoger cinco es difícil, atendiendo que en todo el mundo existen unos 15.000, pero asumo el reto y lanzo este posible top-5. Les animo a que hagan el suyo, solos o en familia.

Aunque solo sea por nostalgia y tradición, en el quinto lugar pongo el clásico de jamón y queso. El 'biquini' o el 'mixto' de toda la vida. Mejor con mantequilla, emmental y a la plancha, si puede ser. Ninguno me ha sabido nunca mejor que los de mi infancia, por cierto.

En el cuarto puesto, le hago los honores al castizo 'bocata de calamares' madrileño: pan blando, relleno crujiente, enorme y barato. Y de El Brillante, si puede ser, el preámbulo o el epílogo ideal para una visita al Centro de Arte Reina Sofía o a la Cuesta de Moyano.

En el tercer puesto, un esnobismo: el sándwich de pepino que suele acompañar el té de las cinco, mejor si es en Fortnum& Mason, Londres. El pepino debe ser pelado y secado; el pan, del día. Los puristas se escandalizan si lleva mayonesa: lo suyo es la mantequilla. Dicen que a Isabel II le encantan. Ya somos dos.

En el segundo puesto, una imbatible: la hamburguesa en su variedad americana con bacon y queso. Creo que las dos mejores que he probado son neoyorquinas: la de J.G.Melon, un pequeño y sencillo lugar del Upper-East Side de Manhattan, que es uno de mis restaurantes favoritos del mundo y el Momofuku, uno de los restaurantes del chef David Chang, donde mi familia y yo probamos hace no tanto la famosa 'Impossible Burger', una hamburguesa con carne que no es carne, producida en un laboratorio.

Reservo el número uno a la Muffuleta, grande como un Zapato y típico de Nueva Orleans

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Por último, reservo el número uno a la Muffuletta, un sándwich de mortadela y docenas de cosas más, grande como un zapato, que es típico de Nueva Orleans y —que yo sepa— solo puede comerse allí, aunque el pan que le da nombre es siciliano. Una hogaza redonda partida por la mitad y untada con aceite de oliva, sobre la que se colocan capas de capicola —servirá jamón serrano—, salami, queso provolone ahumado, mozzarella, mortadela y se cubre todo con olivas marinadas, tomate y pimiento. Lo inventó un siciliano que llegó a Nueva Orleans a finales del XIX y hoy es algo así como un sándwich nacional.

En fin. Pensemos en sándwiches. Inventemos nuevas recetas que merezcan ser celebradas. Celebremos el día mundial de todo lo intrascendente. Dejemos que la intrascendencia nos gobierne. Yo les prometo que en cuanto las cosas se arreglen un poco, escribiré sobre cosas más serias.