UN TEXTO HISTÓRICO

De 'Pacem in terris' a 'Omnes fratres'

El papa Francisco ilumina a los católicos e interpela al resto de la humanidad con una encíclica valiente y necesaria

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El papa Francisco saluda durante su audiencia general semanal en el Aula Pablo VI del Vaticano, el pasado 14 de octubre. 

El papa Francisco saluda durante su audiencia general semanal en el Aula Pablo VI del Vaticano, el pasado 14 de octubre.  / ALBERTO PIZZOLI (AFP)

El domingo 28 de octubre de 1973 más de un centenar de personas se encontraban reunidas en una de las dependencias de la parroquia de Santa Maria Mitjancera de Totes les Gràcies, muy cerca de la cárcel Modelo de Barcelona. El motivo: la reunión de la comisión permanente de la Assemblea de Catalunya. La excusa: la conmemoración del 10º aniversario de la encíclica 'Pacem in terris', promulgada por el papa Juan XXIII, poco antes de su muerte, para promover una paz fundamentada en la verdad, la justicia, la caridad y la libertad. Muchos de los famosos 113 detenidos se perdieron el debut de Johan Cruyff en el Camp Nou.

Más allá del importante mundo católico, la oposición antifranquista catalana, con los comunistas a la cabeza, había acogido con verdadero fervor los vientos de cambio del Concilio Vaticano II, inaugurado por Juan XXIII y concluido por su sucesor Pablo VI. La verdad era que tanto la famosa encíclica papal como las conclusiones renovadoras del concilio fueron recibidas con frialdad por la jerarquía eclesiástica española, impregnada de un rancio nacionalcatolicismo, mientras fueron acogidas de mil amores por los jóvenes sacerdotes y las comunidades de base cristianas.

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El Concilio Vaticano II fue uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX, con un mayor impacto en países, como el nuestro, de cultura y fervor católico. La puesta al día de la Iglesia católica no se limitó a la introducción de las lenguas vernáculas en los actos litúrgicos (el latín todavía fue la lengua oficial del Concilio), sino en una apuesta decidida por la distensión y la coexistencia pacífica, que dejara atrás la paralizante Guerra Fría y la amenaza nuclear. Un impulso al cual deben mucho los dorados años 60.

Casi 60 años después, un nuevo Papa ilumina a los católicos e interpela al resto de la humanidad con una encíclica valiente y necesaria en menos de 100 páginas, incluidas las cerca de 300 notas: 'Omnes fratres', todos somos hermanos, sobre la fraternidad y la amistad social. Ante las ideologías y políticas divisivas y belicistas, el título nos recuerda la exigencia de recuperar un “nosotros” inclusivo. No se refiere solo a los hijos de dios, sino a todas las personas sin ningún tipo de excepción incardinando su discurso con la esencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

La frontera de la pobreza

La encíclica está repleta de verdades como puños expresadas sin tapujos. Francisco critica sin contemplaciones el resurgir del racismo y la hipocresía con el trato de las personas migrantes. Asimismo, clama contra los regímenes políticos populistas y los planteamientos económicos liberales y la obsesión por reducir los costes laborales “porque el desempleo que se produce tiene como efecto directo expandir la frontera de la pobreza”. Y contiene una perla extraordinaria: “La verdadera sabiduría supone el encuentro con la realidad. Pero hoy todo se puede producir, disimular, alterar. Esto hace que el encuentro directo con los límites de la realidad se vuelva intolerable".

Me permitirán que me refiera a mi gremio, el de los historiadores, en un contexto donde el sólido conocimiento de la Historia es ninguneado por una sociedad líquida. Francisco alerta sobre el fin de la consciencia histórica, la cultura adanista y el modo eficaz de licuar el pensamiento crítico vaciando de sentido o manipulando las grandes palabras: “¿Qué significan hoy algunas expresiones como democracia, libertad, justicia, unidad? Han sido manoseadas y desfiguradas para utilizarlas como instrumento de dominación, como títulos vacíos de contenido que pueden servir para justificar cualquier acción”.

El síndrome de 1933

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Una encíclica, sin duda alguna, histórica, así como lo es la audiencia papal al presidente del gobierno Pedro Sánchez al día siguiente del estrepitoso fracaso de la moción de censura y el divorcio (anunciado) del PP y Vox. Una inusual audiencia con un discurso todavía más sorprendente, difundido por la radiotelevisión vaticana, en el cual el papa pedía a Pedro Sánchez que trasmitiera a los parlamentarios españoles el peligro de alimentar el síndrome de 1933, de incubar el huevo de la serpiente que facilitó el ascenso de Hitler al poder. La Unión Europea y el Vaticano alientan el giro al centro de Pablo Casado, quien puede prescindir de los créditos europeos pero difícilmente de la bendición papal.

Aprovecho la ocasión, ya que colgué hace años la sobrepelliz de monaguillo y ya no rezo, para mandarle “buena onda” al papa Francisco y al cardenal Juan José Omella.