24 oct 2020

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MIRADOR

Sánchez y Ayuso, el lunes, tras reunirse en la sede del Gobierno regional de Madrid.

EFE / EMILIO NARANJO

Una amnistía y 24 banderas

Luis Mauri

La emergencia causada por la pandemia es tan extrema, el horizonte tan escalofriante, que la aversión a la negociación y al compromiso histórico que exige el momento se revela patológica

La discusión política devora compulsiva, obsesivamente una emoción tras otra. Exaltaciones de usar y tirar: no dejan más sedimento que este estado permanente de excitación y encono. Un chute barato de agitación, síndrome de abstinencia y vuelta a empezar.

No hay ningún dirigente independentista que no sepa que no habrá amnistía para los presos del ‘procés’. Ni uno solo. Primero, está el obstáculo jurídico. La Constitución veta los indultos generales, una medida de gracia similar a la amnistía, aunque a esta no la cita. Esta falta de precisión constitucional alimenta una controversia sobre si habría o no habría base legal para una amnistía. Y aunque se lograra salvar este obstáculo, de inmediato aparece el segundo, hoy infranqueable: ¿Dónde está la mayoría parlamentaria necesaria para impulsar una amnistía, es decir, para anular los delitos sentenciados por el Estado de derecho?

A ningún dirigente independentista se le escapa la inviabilidad efectiva de la reclamación. Tampoco que la liberación de los presos llegará, más temprano que tarde, por la vía de la reforma del delito de sedición que impulsa el Gobierno del PSOE y Podemos. Pero la fuerza y la rentabilidad de la idea de la amnistía no radican en su materialización. Residen en el formidable torrente emocional que el concepto inyecta en el electorado nacionalista. Un torrente que hay que encauzar hacia las urnas, a la vuelta de la esquina.

Cuadro hipnótico

La amnistía remite a la memoria antifranquista (la auténtica y la sobrevenida) y contribuye a reforzar ese ensueño que embarulla dictadura democracia como si fueran formas análogas de un mismo agente maligno: España. Un cuadro hipnótico fundamental en la retórica independentista. La independencia inmediata, sencilla y barata está demasiado desacreditada para ser usada de nuevo como imán electoral. La amnistía es un sustitutivo eficaz.

La afición a la hipnosis no es un rasgo exclusivo del independentismo unilateralista, pese a que este puede acreditar un doctorado cum laude en la disciplina. La pandemia se desboca de nuevo, estresa hasta la tiritera el sistema sanitario y agiganta las dimensiones de la catástrofe económica. La emergencia es tan extrema, el horizonte tan escalofriante, que la aversión a la negociación y al compromiso histórico se revela patológica.

Atracción fatal

Si no hay voluntad de acuerdo en este momento preciso, con la asignación europea de 140.000 millones en juego, ¿cuándo la habrá? ¿Nunca? ¿Qué hace falta para revertir esta fatal atracción por la reyerta? La oportunidad que brinda Bruselas no se repetirá. Esto es lo único seguro. Ahora el país debe decidir no solo cómo sale de esta crisis elefantiásica; también qué tipo de lugar quiere ser en el futuro. El mejor modo de fracasar es enrocarse en el berrinche e impedir el pacto.

Un pacto no es una tregua. Un pacto es algo infinitamente más serio que una foto con 24 banderas, una junto a otra. Disparatada megalomanía. Hipnosis y más hipnosis.