27 sep 2020

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IDEAS

El Club Capitol, el pasado marzo, cerrado por el coronavirus.

FERRAN NADEU

3.000 butacas

Xavier Bru de Sala

En caso de que todos los teatros con capacidad real de ofrecer espectáculos vuelvan a abrir durante o después de la pandemia, Barcelona habrá perdido unas 3.000 butacas en relación a las disponibles hasta poco antes

Cálculo aproximado pero nada exagerado: en caso de que todos los teatros con capacidad real de ofrecer espectáculos vuelvan a abrir durante o después de la pandemia, Barcelona habrá perdido unas 3.000 butacas en relación a las disponibles hasta poco antes.

Tras recordar que el Novedades de la calle de Casp (más de mil localidades) ha sido víctima de la picota inmobiliaria, vamos hasta el Paralelo, el imposible y frustrado pequeño Broadway Barcelonés, con el Victòria y el Condal como únicos supervivientes. El Apolo, ahogado por mala gestión; el Molino bajo mínimos; Arnau y BARTS reconvertidos, uno en centro de barrio, y el otro en equipamiento musical alternativo. Por si fuera poco, las dos salas del Capitol (el antiguo y popular Can Pistoles, la sede de los éxitos de Rubianes) ha cerrado, parece que a la espera de convertirse, quién sabe cuándo, en hall de un hotel de categoría. Aunque añadamos la simbólica Muntaner, el Antic Teatre y el Teatre del Raval quizás nos quedaremos cortos. Todas estas persianas bajarían o se resquebrarían igualmente sin el virus, pero el virus añadirá sin duda daños de gravedad a medio y largo plazo a los terribles que truncaron la temporada pasada y amenazan de gravedad la inminente.

La joya de la corona, el Principal del final de La Rambla, aún duerme la pesadilla de los proyectos injustamente triturados. Hablando de sueños decapitados, el precioso proyecto privado de acondicionar un teatro hasta ahora cerrado ha topado con la denegación del permiso municipal de obras por una simple, tonta y contundente razón administrativa: está demasiado cerca del Palau de la Música y del Borràs y una por todos ignorada pero vigente normativa restringe la concentración en el espacio de equipamientos culturales. Distancia mínima a mantener entre ellos, 200 metros. Como si en Ciutat Vella sobrara vida. Normativa reversible que el consistorio no rectificará, faltaría más. Así sí que nos vamos desertizando al ritmo que nos provincianizarán las producciones del a pesar del mal momento potentísimo empresariado teatral de Madrid.