27 oct 2020

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IDEAS

Graffiti satírico del artista J Warx en una calle de Valencia, en agosto del 2020, tras conocerse la marcha de Juan Carlos de España.

AFP / JOSE JORDAN

Yo, que he sido rey

Josep Maria Pou

Hasta seis veces he sido coronado en escena, por lo que debería ser capaz de entender o vislumbrar mínimamente lo que pasa por la cabeza de un rey en un determinado momento. Pero se me escapa

Este oficio mío de actor tiene grandes paradojas: o no te permite vivir -a veces, ni siquiera sobrevivir- o te lleva a vivir cientos de vidas tan contrarias y ajenas a la tuya propia que te tiene en perpetuo peligro de perder el norte, no hallarte en el sur y andar de continuo dando tumbos entre el este y el oeste. Es un oficio de riesgo, a merced de dos grandes loterías, la del talento y la de la fortuna. Hay quien juega y gana en las dos, hay quien con premios gordos en la primera apenas ve recompensa en la segunda, y hay quien se mueve cómodamente en la pedrea de ambas. Oficio inestable, dicho en claro.

Lo mismo vale en el terreno psicológico. Entrar y salir de tanta vida ajena puede llevarte a perder de vista el camino. O a no llegar a distinguir entre las puertas de entrada y salida, y quedarte -lo peor- con un pié dentro y otro fuera. Hay que estar muy equilibrado, para salir indemne de tanto ajetreo.

El reparto de papeles me ha llevado de extremo a extremo. Como el Tenorio de Zorrilla puedo relatar también que “yo a las cabañas bajé, yo a los palacios subí”. Emulando a Dickens puedo decir que he sido “príncipe y mendigo” con pocas horas de diferencia. Y hasta en seis ocasiones he sido coronado rey. He sido Felipe II en el cine, Felipe IV y Juan II de Aragón y Navarra en la televisión, Alfonso XIII y el Rey Lear, en el teatro, y hasta un tal rey Melchor (que es el que más años viene resistiendo en su trono), en una noche de invierno de muy grato recuerdo.

Con toda esta experiencia a las espaldas (Trastamaras, Austrias, Borbones, Shakespeare y los Evangelios) debería ser capaz de entender o vislumbrar mínimamente, lo que pasa por la cabeza de un rey (emérito o reinante) en determinados momentos; qué es lo que lo lleva a a actuar de un modo u otro, a decidir entre un exilio, un destierro, una escapada o un voy y vuelvo en cinco minutos; a elegir entre Estoril o Santo Domingo, Sanxenxo o Abu Dhabi, irse o quedarse. Pero confieso que no lo entiendo. Se me escapa. Mi razón no alcanza sus razones.

Y veo que ahora ya no es mi oficio sino mi condición de ciudadano la que me reparte de nuevo el papel de rey, en este caso “el rey pasmado”.