28 nov 2020

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CUANDO SE DEJA DE AMAR

La foto de una pareja, rota tras un divorcio.

ARCHIVO / 123RF

Lealtad

Jenn Díaz

Desde fuera parece fácil deshacer los nudos que nos obligan a divorciarnos mal, desde fuera

Nadie nos enseña cómo hay que querer, y la ficción, que juega un papel importante, nos hizo una mala pasada durante la niñez con la romantización de ciertas conductas nocivas y tóxicas. Pero tampoco nos enseñan a divorciarnos, a pasar el duelo, a desenamorarnos. Y de eso la ficción todavía nos dice menos. De la siguiente fase -cuando tu ex rehace su vida- ya no hablamos. Todos estos procesos son complejos en cualquier circunstancia... incluso cuando tenemos toda la teoría sabida.

'Las lealtades', de Delphine de Vigan, sirve muy bien como antificción: lo que no queremos que suceda, aquel resentimiento que queremos lo más lejos posible. Y lo hace, lo muestra y lo expresa de la manera más dolorosa: a través del hijo adolescente de una pareja mal divorciada. Obviando el desenlace, y poniendo toda mi atención en las descripciones que hace el hijo del cambio de casa, pienso que este debería ser un libro de lectura obligatoria para cualquier familia que esté en un proceso de separación.

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En el caso de 'Las lealtades', el chico convive con una madre que está instalada en el odio visceral y con un padre al que no le van muy bien las cosas y tira la toalla. El hijo, en medio de este torbellino, encuentra su propia respuesta a la desazón y a esta deslealtad a sus progenitores según con quién le toca esa semana.

Para quienes hemos convivido con familias enlazadas y custodias compartidas, es un libro doloroso. El hijo, cuando cambia de casa, con todo lo que ello conlleva para su estabilidad emocional, encuentra al enemigo en el umbral de la puerta. Lo que recuerde al otro progenitor (o pareja) deberá ser eliminado, aunque sea parte esencial de su vida. La ropa, los horarios, los hábitos, el olor del pelo o los olvidos. He reconocido cada una de las fobias que se describen en el libro, con un matiz: que es el chico, y no yo, quien las padece. Y visto desde fuera parece fácil deshacer los nudos que nos obligan a divorciarnos mal. Desde fuera. Cuando se aprenda a amar, ya llegaremos tarde, pienso, y se tendrá que volver a empezar por aprender a dejarse de amar.