13 ago 2020

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La nueva presidencia de la UE

La cancillera alemana, Angela Merkel, durante un rueda de prensa.

HAYOUNG JEON (REUTERS)

Alemania al timón

Cristina Manzano

El estado de ánimo generalizado oscila entre el sentido de urgencia y la necesidad de un liderazgo capaz de guiar el trasatlántico a través de unas aguas llenas de obstáculos

La casualidad ha colocado a Alemania al frente de la presidencia rotatoria de la Unión Europea justo en uno de los momentos más críticos para el futuro del bloque. En los seis meses que van desde el pasado 1 de julio hasta el próximo 31 de diciembre, la Unión tendrá que aprobar el plan que le permita afrontar la gran crisis provocada por el coronavirus, tendrá que aprobar también el presupuesto de la UE para los próximos siete años –el marco financiero plurianual, en la jerga comunitaria- y deberá rematar las negociaciones con el Reino Unido sobre el 'brexit'. Casi nada.

El estado de ánimo generalizado oscila entre el sentido de urgencia y la necesidad de un liderazgo capaz de guiar el trasatlántico a través de unas aguas llenas de obstáculos. Y la sensación también es que, si Alemania no puede lograrlo, ¿entonces quién?

Durante años se ha discutido la necesidad de que Berlín tuviera un papel más determinado, en el conjunto europeo. La “potencia reticente” la bautizó la periodista y antigua corresponsal en el país Pilar Requena en un libro publicado en el 2017. Hoy, en medio de la última crisis existencial de la Unión, parece que Alemania está decidida a dar ese paso al frente.

Solidaridad y soberanía

Así se dejó sentir durante la reunión anual del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR) de hace unos días. Tenía que haberse celebrado en Berlín, pero, como tantas actividades en todo el mundo, acabó siendo telemática gracias al coronavirus. En su discurso inaugural, el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Heiko Maas, destacó las dos palabras, las dos ideas fuerza sobre las que se basa la visión germana del futuro de la UE: solidaridad y soberanía.

La solidaridad contenida en la propuesta franco-alemana para la recuperación. Un plan “revolucionario”, no solo en el volumen económico y en la voluntad de movilizar fondos europeos para hacer frente a la crisis provocada por la pandemia, sino también en el deseo de no volver a cometer los errores del pasado, que no han hecho sino acrecentar la distancia entre unos países y otros. Una solidaridad anclada, además, en el presupuesto de la Unión para los próximos siete años. No se trata solo de facilitar la reconstrucción poscovid, sino de hacer de la UE un espacio más verde y sostenible, más digital e innovador. También más social. Un espacio que se ocupe de las necesidades y preocupaciones de una ciudadanía golpeada en múltiples frentes.

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La soberanía concebida como la voluntad de los estados para unir fuerzas y actuar de modo independiente frente a las grandes potencias, allí donde las capacidades individuales no son suficientes. El ejemplo más claro ha sido el de los medicamentos esenciales: como hemos aprendido en estos meses, dependemos en un 90% de terceros países para su suministro. Pero también otros sectores estratégicos, como el 5G, las infraestructuras tecnológicas y logísticas o la energía. Soberanía asimismo en cuestiones de seguridad, especialmente pensando en el vecindario. Todo ello con referencias explícitas a la relación con Estados Unidos y con China.

Como preaviso a los críticos, Maas dejó clara la idea de que lo que es bueno para la Unión es bueno para Alemania y advirtió de que los enemigos de Europa siguen acechando, en una alusión directa a los populistas. Un mensaje que rezumaba una nueva voluntad de liderazgo y que, con la disciplina que caracteriza a la diplomacia alemana, se ha ido repitiendo desde entonces por diversos actores y en muy diferentes foros.

Muchos frentes abiertos

Atrás parece quedar el disgusto de los europeístas por la sentencia del Tribunal Constitucional alemán sobre la compra de bonos por parte del Banco Central Europeo que pone en cuestión los fundamentos de la política monetaria de la UE. Es más, puede que la sentencia haya sido un catalizador para convencer a Alemania de la necesidad de actuar de manera firme y urgente. En el ambiente se respira un momento realmente histórico.

Así que, aunque sea como una ráfaga pasajera, un extraño sentimiento de confianza renovada ha soplado en los círculos comunitarios. Nadie se engaña, sin embargo. Como afirmó el propio Maas, la tarea que hay por delante es hercúlea y los frentes abiertos muchos. El primero, sin duda, será convencer a los díscolos de que el plan de recuperación no es un cheque en blanco para los derrochones del sur, sino los cimientos para la defensa de los logros alcanzados –empezando por el mercado único- y para poder diseñar un futuro común. Alemania parece decidida a poner todo su empeño en lograrlo. Si no ella, ¿quién?