07 ago 2020

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NÓMADAS Y VIAJANTES

Protesta en Ramala contra los planes de Israel de anexionarse parte de Cisjordania, el pasado 1 de julio.

ABBAS MOMANI (AFP)

La anexión tendrá que esperar

Ramón Lobo

La anexión unilateral de parte de Cisjordania, la gran bandera con la que Binyamin Netanyahu ha conseguido mantenerse vivo tras tres elecciones repetidas y varios casos de corrupción que le acechan, tendrá que esperar. Pasó el 1 de julio, la fecha histórica señalada en una tierra repleta de fechas históricas, y todo sigue igual. Para cualquier palestino que sobrevive en un territorio ocupado por Israel no existe diferencia entre 'ocupación' y 'anexión'. No deja de ser un juego de palabras para describir una realidad que se basa en un sistema de 'apartheid' y en el acoso sistemático a sus tierras para hacer imposible su existencia.

La ultraderecha israelí defienden las fronteras bíblicas. Consideran el libro sagrado como una escritura de propiedad eterna e indiscutible. El resto del mundo mira hacia otro lado con diversos grados de cooperación e insensibilidad. La inacción durante el Holocausto pesa como una losa sobre la conciencia y la política europea.

Hay varias tesis que explican la demora. La más sencilla sostiene que se trata de un problema de calendario, no de fondo. Donald Trump está ocupado en estos momentos en sofocar los incendios que él mismo provoca, sean de multiplicación pandémica, odio racial o económicos. Tienen tiempo hasta noviembre.

Netanyahu es un tahúr. Conoce las cartas y la psicología de sus contrincantes. Es inteligente, frío y amoral. Bill Clinton dijo que era el mayor hijo de puta con el que había tratado durante su presidencia. Bibi, como le llaman en Israel, tuvo un pésima relación con Barack Obama, al que consideraba un peligro. Su héroe es Trump, que le ha concedido todo lo que ha pedido. Para Netanyahu, la anexión del 30% de Cisjordania es el primer paso para la anexión del 80%. Está nervioso porque la reelección de su amigo está en peligro.

Sionista revisionista

Algunos le han comparado con el serbio Slobodan Milosevic, que se vendió como comunista, primero, y como nacionalista, después, cuando solo era un oportunista sin principios. Aunque es otro malabarista peligroso, tiene ideología: persigue el sueño de su padre, colaborador y amigo de Zeev Jabotinsky, fundador de la corriente de los sionistas revisionistas, que aún hoy rechazan el compromiso con los palestinos. Es la diferencia con los sionistas sin adjetivos, más pactistas, descabezados desde el asesinato de Isaac Rabin, en 1995. La inmigración masiva desde la antigua URSS ha escorado el espectro político israelí a la extrema derecha.

Benny Gantz, aliado circunstancial de Netanyahu, exjefe del Estado Mayor del Ejército, líder de un partido centrista que no ha logrado desbancar a su rival en tres elecciones consecutivas, prefiere aplazar la anexión. Aunque la aceptó en el pacto del gobierno de coalición, ahora no quiere regalar el triunfo a su rival. Ha pedido retrasar un movimiento que causará disturbios para concentrarse en el covid-19, que no amaina en Israel con un alza diaria de contagios del 3% y un desempleo del 20%. Gantz debería sustituir Netanyahu dentro de 18 meses para ejercer de primer ministro hasta el final de la legislatura. Nadie cree que se producirá el relevo. Para el tahúr, el poder es la única opción de escapar a la persecución judicial.

Las "ideas de Trump"

Influye tal vez la reacción internacional, el rechazo de la UE y de la ONU, y la preocupación de las monarquías del Golfo, que maniobran fuera del escenario para frenar a Netanyahu. Es verdad que a Israel nunca le han importado las críticas exteriores ni a los petro-jeques les ha preocupado la suerte de los palestinos. Esta vez temen que su aplastamiento en un escenario pospandémico de recesión económica soliviante a sus poblaciones y dé armas políticas a sus enemigos internos. Entre los colonos israelís existe otra preocupación de fondo, que el plan de paz ideado por Jared Kushner, el yerno de Trump, y rechazado por los palestinos, menciona la solución de dos estados. Por eso en los medios israelís ya no se habla de "plan de paz", sino de "ideas de Trump". Son los reyes del eufemismo.

El presidente de EEUU no está para florituras internacionales, que nunca fueron su fuerte, y menos a cuatro meses de lo que podría ser un desastre electoral, para él y para los republicanos. Si ganan los demócratas no esperen cambios de calado. Son más sutiles en el arte de la política, que no deja de ser la defensa de unos intereses no siempre confesables. El deterioro intelectual es tal que una buena idea hace 30 años, como la paz entre palestinos e israelís, es hoy poco menos que acto de terrorismo intelectual.