08 jul 2020

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Editorial

Escuelas abiertas

Mantener los centros en funcionamiento el próximo septiembre de forma presencial, incluso si se producen rebrotes, es un objetivo tan irrenunciable como difícil

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El Periódico

Niños en el ’casal’ de verano del colegio Octavio Paz. 

Niños en el ’casal’ de verano del colegio Octavio Paz.  / MANU MITRU

El vicepresidente del Govern y los ‘consellers’ de Educació y Salut, Pere Aragonès, Josep Bargalló y Alba Vergés, expusieron ayer las líneas básicas que deben permitir que las escuelas catalanas abran sus puertas el próximo 14 de septiembre, que lo hagan de forma segura y con «práctica normalidad». Y avanzaron una estimación de los recursos necesarios (5.000 maestros en la escuela pública y concertada y 370 millones de euros).

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Las familias necesitan acabar con la incertidumbre generada tras una reapertura testimonial de los centros. Tanto como los responsables de las escuelas, que han reclamado insistentemente una guía clara para empezar a preparar el próximo curso escolar en condiciones. 

Todo lo planteado por los ‘consellers’ responsables parte del primero de estos propósitos: que las escuelas abran. De forma presencial, garantizando la convivencia entre los alumnos y la atención y el acompañamiento personalizado de sus educadores. Los recursos digitales serán cada vez más un elemento del trabajo educativo, y pueden ser un sustituto de emergencia, pero no una alternativa completa. El objetivo, que las aulas abran sus puertas y puedan seguir haciéndolo adaptándose incluso a la emergencia de nuevos rebrotes en la difusión del covid-19 en el próximo otoño, es irrenunciable. Salvo una evolución catastrófica de la pandemia. El papel clave de la escuela, formativo, nivelador de desigualdades que en este periodo han salido aún más a la luz y también en la organización de las familias, no puede permitirse pausas.

Todo esto solo será posible si ese segundo elemento, la seguridad, se mantiene. Las condiciones planteadas inicialmente por las administraciones se ha hecho evidente que eran inviables física, económica y pedagógicamente. Finalmente se ha planteado una nueva estrategia, con grupos no necesariamente reducidos, organizados como burbujas con el mínimo contacto posible con el resto de la escuela pero incluso sin uso de mascarilla en su seno y aislables en caso de detectarse un brote sin necesidad de detener la actividad ni siquiera del propio centro en que se produzca. Son las medidas razonablemente aplicables: será necesario un esfuerzo de todos para que hagan de los centros educativos un espacio seguro. La creciente evidencia sobre la baja transmisión del virus entre los menores apunta,  por lo menos, hacia el optimismo. 

Aunque se aspire a la normalidad, esta deberá ser muy relativa. Como en todos los ámbitos de la vida social, se deberán sacrificar muchos aspectos de lo que entendemos como normal, o incluso esencial, en el funcionamiento de una escuela: en el patio, en los pasillos, en los comedores, en servicios como las aulas de refuerzo o acogida que serán difíciles de organizar en estas condiciones. Será arduo, pero es necesario.  

En cualquier caso, profesores y familias necesitan, ya, un marco con un mínimo de claridad. A lo que, por cierto, no contribuye el presidente de la Generalitat ofreciendo datos contradictorios con los de los departamentos de su propio Govern encargados de lidiar con este complejo operativo.