Dogmas corporales

El misterio de las mujeres menguantes

Si cantantes con talentos excepcionales como Adele y Beyoncé se sienten obligadas a claudicar ante las normas estéticas de nuestro tiempo, ¿qué nos espera al resto de simples mortales?

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El misterio de las mujeres menguantes

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Hace unas semanas, la cantante Adele apareció en Instagram irreconocible. En vez del rostro poderoso de pómulos majestuosos, la británica sonreía desde una cara alargada. Allí donde había una mujer imponente con unas formas rotundas, hay ahora un cuerpo recto y menguado que podría ser el de cualquier otra persona. Es la enésima transformación radical que sufre una mujer famosa. Desde los tiempos de Rosa de España no paramos de deslumbrarnos con este tipo de fenómenos: cantantes y artistas con talentos excepcionales que conquistan la fama gracias a sus virtudes pero que, después de convertirse en estrellas, empiezan el arduo camino de esfuerzos y agotamiento que supone tener que meterte en el molde que dictan las normas estéticas de nuestro tiempo.

Da igual que tengan millones de fans incondicionales que las admiran tal como son, auténticas y diferentes. O que llamen la atención precisamente por no someterse a los cánones dictatoriales imperantes y nos demuestren así que se puede ser rica, famosa, guapa y feliz con un cuerpo nada normativo. Es triste y decepcionante ver que las presiones pueden doblegar a tantas mujeres, a todas la mujeres, incluso a las que tienen la vida resuelta desde todos los puntos de vista. Si Adele o Beyoncé se sienten obligadas a claudicar ante los dogmas corporales, ellas que tienen cantidades ingentes de dinero en la cuenta corriente, que disfrutan del privilegio de poder hacer lo que les dé la gana, ¿qué nos espera al resto de simples mortales?

Mecanismos de dominación

Y es que por muy arriba que se esté en la jerarquía social, los mecanismos de la dominación no se desactivan ni que seas una de las cantantes más importantes de tu tiempo. Porque son mujeres y a las mujeres no se nos perdona que nos salgamos de la raya, menos aún cuando se trata de estrellas 'mainstream' que sirven de ejemplo al resto, cuando en ellas se encarnan los requisitos para ser una mujer mujer. Quien no esté dispuesta a meterse en el estrecho molde de la estética actual ya puede despedirse de buena parte de las ventajas que da consentir la propia sumisión. El de las mujeres mediáticas que van adelgazando ante nuestros ojos como si las cámaras las chuparan es un caso tristemente habitual. Vemos una presentadora de televisión que salta a la vista no por estar gorda, sino por no estar tan extremadamente delgada como el resto de sus colegas. Resulta especialmente agradable a la vista precisamente porque no provoca la desazón de un cuerpo enfermo en pantalla, pero no tarda mucho en empezar a cambiar para asimilarse al modelo imperante.

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Imagino que no será fácil resistir en la propia corporeidad en un entorno tan competitivo y con millones de ojos de espectadores escrutándote, pero es triste ver cómo menguan las mujeres, es triste observar en directo las renuncias, el esfuerzo y el sacrificio, la alienación de no poder ser una misma y querer convertirte en otra. Aunque seas una profesional de primera, aunque te sigan y te admiren por tu trabajo millones de personas, aunque resultes simpática, carismática y guapa para quienes te ven. No hace falta más que dar un vistazo a todas las cadenas de televisión para sacar una sorprendente conclusión: a día de hoy no hay mujeres gordas, ni siquiera un peso que no se acerque a lo patológico, que sean lo bastante buenas profesionales como para aparecer en pantalla.

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Las mujeres que se nos presentan como ejemplares se han diversificado enormemente en los últimos tiempos: pueden ser negras o asiáticas, llevar un pañuelo en la cabeza o tener vitíligo, incluso pueden haber nacido biológicamente hombres. Las mujeres mujeres a día de hoy pueden serlo todo menos gordas. Es decir, lo que no se perdona nunca nunca es la insurrección, la rebelión contra las estructuras de la opresión estética.

Pero Adele, tal como ha corrido a contarnos su médica, no ha adelgazado porque le importe el físico, todo el mundo sabe que lo que ha hecho es simplemente cuidarseCuidarse es la nueva coartada, perfecta en tiempos de epidemia de obesidad y enfermedades cardiovasculares, para esconder otra epidemia, para camuflar los trastornos alimentarios, auténtica hidra de siete cabezas con una sorprendente capacidad de adaptación. Si las modelos de los 90 estaban estupendas porque bebían mucha agua, ahora cualquiera que experimente un cambio drástico en su anatomía es alguien que se cuida y que no siente ninguna, absolutamente ninguna presión estética sobre su cuerpo.