24 oct 2020

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Dos miradas

O se invierten recursos en la acogida de los jóvenes migrantes o nos adentramos en una espiral de miedo e ira que se retroalimenta

Llegan retando a la muerte, pero el espejismo de una vida mejor se rompe al pisar tierra firme. La mayoría sigue luchando por conseguirla, a pesar de las escasas herramientas que ponemos en sus manos. Otros escapan a los márgenes. Ahí donde la explotación y la delincuencia tienden sus trampas. Y la cola. Esa droga barata que aniquila neuronas, destroza el cuerpo y engendra violencia. Negar la evidencia de esa marginalidad sería tan absurdo como negar la individualidad de cada joven. Pero también existe el grupo, el poder del grupo. Una masa sin rostro que puede conjurar lo mejor, o lo peor. Porque envalentona, y también acalla conciencias.

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Cincuenta vecinos de Premià de Mar han atacado con piedras un piso ocupado por jóvenes migrantes. Y así se van cumpliendo, capítulo a capítulo, todas las previsiones escritas. O se invierten recursos en la acogida o nos adentramos en una espiral de miedo e ira que se retroalimenta. Abono para la xenofobia y la ultraderecha. Piedras y más piedras que acabarán lapidando los derechos de todos. Al fin, de eso hablamos. La democracia de los derechos humanos no admite márgenes.