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Creo que estar expuesto al descuartizamiento por parte de desconocidos en las redes sociales acaba afectando a la manera de escribir y de pensar

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Un hombre organiza los iconos de varias redes sociales como Facebook, Instagram y Twitter en la pantalla de su móvil.

Un hombre organiza los iconos de varias redes sociales como Facebook, Instagram y Twitter en la pantalla de su móvil. / AFP / KIRILL KUDRYAVTSEV

Cada vez que he dejado las redes sociales ha sido debido a los insultos y al temor de que estos me hicieran empezar a escribir (y por lo tanto a pensar) de otra manera.

Nos pasamos la vida construyendo mundos (intereses, amigos, familia, causas que defendemos) que, con la edad, el estudio y la experiencia se van definiendo y cerrando. Si tenemos mucha suerte y algo de talento, acabamos rodeados de gente que nos gusta bastante, de objetos (desde los libros amontonados por toda la casa hasta el álamo adorado que veo desde la ventana cuando dejo de escribir y levanto la mirada) y de ideas (no de opiniones, de ideas hondas sobre cómo vivir, cómo comportarse con los demás, qué relación tener con el dinero, con el amor, con el paso del tiempo, pero también con el mendigo de la plaza o las relaciones de trabajo).

Esta construcción es a la vez sólida como un rascacielos de Nueva York y frágil como un castillo de naipes. Lo sabemos, vivimos así, son las reglas del juego, está bien. Y también son las reglas del juego, las nuevas reglas del juego, que si entras en las redes sociales, te expones a que cualquier persona furiosa, resentida o sencillamente chiflada y analfabeta, se ponga a insultarte por tus ideas.

Como un guerrillero

Ya sé que soy mayor y no de esta época, cuando yo era pequeña insultar era casi un crimen, tan grave en mi familia como mentir (¡Imaginaos! ¡Nuestros padres y abuelos nos enseñaban a no mentir y a no insultar, los muy excéntricos!), pero creo de veras que estar expuesto de una forma tan directa al descuartizamiento de los desconocidos acaba afectando a la manera de escribir y de pensar. Te convierte en un guerrillero.

Pero yo no tengo ganas (ni temperamento) para ir a la guerra cada día, ni ningún día, de hecho. Mi único campo de batalla (a veces) es la hoja en blanco. Mi única obligación es intentar empujar mis límites y limitaciones como escritor, probar hasta dónde puedo llegar con el pensamiento y la imaginación, y pasarme de la raya si es necesario. Es bueno pasarse de la raya, salirse de la raya. Y me parece que empieza a ser, además, urgente y necesario.

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