08 jul 2020

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Guerras olvidadas

Vehículos militares de Turquía en Siria.

DELIL SOULEIMAN (AFP)

Conflictos y violencia en tiempos de pandemia

Jesús A. Núñez Villaverde

El coronavirus no solo no frena las acciones hostiles en el mundo, sino que en muchas ocasiones las refuerza, al haber menos ojos observándolas

Un efecto más de la pandemia que sufrimos es que tiende a cerrar el campo de visión de tal modo que la atención política y mediática no parece inclinada a mirar más allá. Y esa fijación conlleva la creencia equivocada de que no ocurren más cosas que las que tienen que ver con el impacto en salud y en economía que, lógicamente, tanto nos preocupa. Uno de los olvidos que eso supone es el que afecta a las guerras y conflictos que asolan tantos rincones del planeta. El coronavirus no solo no frena la violencia, sino que en muchas ocasiones la refuerza.

Por un lado, cabe fijarse en el llamamiento de António Guterres el pasado 23 de marzo, demandando un cese total de hostilidades. Por muy loable que sea su intención queda claro que la ONU no tiene hoy capacidad para hacerse oír, infradotada por voluntad de algunos de sus miembros para poder prevenir y detener los estallidos de violencia y para recuperar plenamente a quienes salgan de ella. A punto de cumplir 75 años solo cabe concluir que el planeta no dispone de un policía mundial efectivo, precisamente cuando más claro resulta que para hacer frente a los riesgos y amenazas que nos afectan, pandemias incluidas, necesitamos contar con la capacidad multilateral y multidimensional que la ONU atesora en potencia.

Mientras tanto, los que apuestan por la violencia sienten que ahora mismo hay menos ojos observándolos, lo que les permite acelerar aún más sus planes con la intención de conseguir sus objetivos. La retirada de efectivos de las operaciones de paz, las objetivas dificultades para el desarrollo de las labores de mediación y los recortes en fondos disponibles para llevar a cabo tareas de mantenimiento de la paz y de diplomacia humanitaria son realidades ya bien visibles y que, a buen seguro, todavía van a agravarse más en los próximos años, aunque solo sea por efecto del instintivo giro de cada uno hacia sus propios asuntos. Y de eso se benefician tanto gobiernos -como el sirio, procurando rematar la tarea de eliminación de los reductos donde se agolpan los restos de los grupos rebeldes que se le oponen-, como grupos no estatales -sea el liderado por el autoproclamado mariscal Khalifa Haftar (Libia), Hamás, Hezbolá o los talibanes-. Y también maras, grupos terroristas y cárteles criminales activos en muchos lugares se ven así más libres para realizar sus acciones, jugando incluso a ganarse las simpatías de la población desatendida por sus propios gobiernos con entrega de medios de subsistencia y atención médica.

A ese pernicioso efecto se le añade la tentación de algunos gobiernos, como el egipcio, de aprovechar la pandemia para incrementar el control social y político de su propia ciudadanía, activando mecanismos de vigilancia que anulan la privacidad. Y también es notable el interés de otros, como el saudí, presentándose como fiel cumplidor del llamamiento de la ONU, cuando en realidad su decisión responde únicamente a un deseo de salirse del pantano yemení.

Y nada bueno puede salir de esa desatención.