Chequeo

A ver quién paga esto

La vía de la deuda perpetua europea que plantea España abre un camino legal para aliviar la carga que los estados dejarán a sus hijos y nietos

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Mural del artista belga Bram de Cerut, en la ciudad de Antwerp, Bélgica.

Mural del artista belga Bram de Cerut, en la ciudad de Antwerp, Bélgica. / YVES HERMAN / REUTERS

Desde que el presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, lo dijo —“Esta crisis tendrá dimensiones bíblicas”—, difícilmente se puede encontrar una referencia más gráfica sobre lo que se nos viene encima.

Bíblicos serán el déficit público y la emisión de deuda pública a la que se tendrán que enfrentar todos los estados del mundo a la vez. Todos. Y desmedido será también el desajuste de las cuentas públicas en España.

El Gobierno prevé que el déficit público pasará del 2,8% del PIB en el 2019 al 10,34% en el 2020, con una deuda pública que pasará del 95% al 115% del PIB que heredarán dos generaciones más. La Autoridad Fiscal cree que puede ser aún peor. Sitúa el rango del déficit este año entre el 10,9% y el 13,8% del PIB, con una deuda de hasta el 122%.

Y eso que España despunta como uno de los países que menor esfuerzo fiscal ha hecho contra la pandemia (30.742 millones, según el Gobierno; el 2,7% del PIB). El descalabro llegará por el libre juego de los llamados estabilizadores automáticos: el aumento del gasto en desempleo y el hundimiento de los ingresos fiscales vinculados al frenazo, cuando no cerrojazo, de la actividad económica.

Alguien tendrá que pagar todo esto. El Gobierno ha reactivado sus planes de subidas de impuestos para determinados colectivos que, en principio, no son los que más están sufriendo las consecuencias de la pandemia. Los servicios digitales, las transacciones bursátiles, las grandes multinacionales o los envases de un solo uso seguramente podrán encajar una tributación mayor. También las rentas más altas del trabajo y del capital.

Pero eso da muy poco en un contexto bíblico. Hace falta Europa.

La Unión Europea ha activado la cláusula de escape que permite a los Estados no tener que someterse a la dictadura del 3% de déficit. También está ofreciendo financiación barata a los Estados. Pero la deuda quedará ahí. Se impone abandonar la lógica de los préstamos. Nadie tiene la culpa de esta pandemia. EEUU y Reino Unido tienen a sus bancos centrales financiando su gasto y asumiendo sus deudas.  La Unión Europea prohibió al BCE hacerlo.

Pero queda la opción imaginativa de la deuda perpetua que ha propuesto España. En realidad no es tan imaginativa. Sirvió al Reino Unido para pagar sus guerras napoleónicas o la Primera Guerra Mundial, y fue saldada definitivamente en el 2015.

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La idea ha sido fundamentada por Luis Garicano y Guy Verhafstadt que han documentado que esta idea sería compatible con el Tratado de la Unión Europea, que prohibe al BCE la financiación directa de los estados. Ellos ven la deuda perpetua como un mecanismo para financiar el fondo de reconstrucción de 1,6  billones que quiere poner en marcha la Comisión Europea y sus planes han sido avalados por algunos expertos del BCE y por el inversor George Soros.

Es una idea. Lo que tiene escaso sentido es estimular ahora a los Estados a hacer el gasto necesario sin pensar en aliviar la secuela posterior que quedará en forma de deuda para futuras y futuras generaciones.