10 jul 2020

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Relajamiento

Una mujer y un niño cruzan el Puente Sant’Angelo, en Roma.

GIUSEPPE LAMI (EFE)

Cuidado al desescalar

Rosa Paz

Que el descenso de una montaña sea tan peligroso se debe a razones diversas, pero quizás la más evidente, además del cansancio, es que una vez lograda la meta hay prisa por volver

Los montañeros saben que lo más arriesgado de su actividad no es el ascenso a la cima, aunque ese pudiera parecer el objetivo que exige mayor esfuerzo, sino el descenso. Las estadísticas lo demuestran: al menos las tres cuartas partes de los accidentes en la montaña, muchos de ellos mortales, se producen al bajar. Que la desescalada sea tan peligrosa se debe a razones diversas, pero quizás la más evidente, además del cansancio, es que una vez lograda la meta hay prisa por volver y se tiende a pensar que ya ha pasado lo peor, lo que lleva peligrosamente a bajar la guardia.

Es lo que puede ocurrir con el desconfinamiento, que necesariamente será gradual y repleto de restricciones no tan fáciles de asumir para ciudadanos dados a la socialización con sus semejantes en espacios públicos. La cima, en este caso el confinamiento, no ha sido tan difícil de alcanzar. Por conciencia o por temor nos recluímos en casa y ahí seguimos. Aunque parezca paradójico, ese encierro puede ser más fácil de respetar que la regulación estricta de las actividades sociales una vez que sean parcialmente permitidas.

Habrá que ser muy conscientes de que el riesgo de contagio sigue ahí y tener la fortaleza mental de los himalayistas para no tener prisa, no bajar la guardia y resistir la tentación de juntarnos con amigos o familiares, mantener la distancia de metro y medio, limitar la actividad física o las salidas al aire libre o para no acercarnos a la playa según se aproxime el verano. A riesgo, además, de que el coronavirus se expanda de nuevo y volvamos al confinamiento, más difícil de asumir cuando hayamos vuelto a pisar la calle.

Dicen algunos expertos que hasta el 2021 o 2022, cuando ya haya vacuna, nuestra vida no volverá a ser como era y que quizás entonces tampoco. Un país de besucones, condenado a vivir enmascarado y enguantado puede ser “la nueva normalidad”.