11 ago 2020

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ELOGIO DE LOS MÉDICOS

La violinista Dagmar Turner toca ’Summertime’ mientras le extirpan un tumor cerebral.

AFP / KING'S COLLEGE HOSPITAL

Confianza ciega

Josep Maria Pou

Me produce admiración el comportamiento del personal sanitario ante la alarma del coronavirus

Hay viajes peliagudos. El que va del miedo a la confianza es uno de los más intrincados. Para llegar a destino hay que vencer no pocas suspicacias y recelos. Una vez allí, la entrega debe ser total. La confianza, ciega.

Esto es lo que me ocurre a mí con los médicos. Me pongo en sus manos con la inocencia de aquel niño cuyo padre lo anima fariseo ("Tírate, no tengas miedo. Yo te cojo"), pero con la seguridad de que no llegará el porrazo final del ejemplo ("No te fíes ni de tu padre"), porque sé que no estoy ante un progenitor temerario sino ante un cuidador voluntarioso. Entro en la consulta y me convierto en el ser más confiado del mundo. Dolorido, suplico remedio. Desvalido, atiendo a su discurso. Ignorante, me entrego a su conocimiento.

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Viene esto a cuento de la admiración que me produce el comportamiento de los médicos ante la alarma del coronavirus. Su entrega, hasta la infección y la muerte en algunos casos, supera los límites de lo encomiable. Cada vez que se informa de un nuevo médico, enfermera o camillero contagiado por su contacto con los enfermos, recupero la fe en el ser humano. Si a pesar de las alarmas me muevo, como la mayoría de ustedes, en la normalidad del día a día, es porque sé que, llegado el caso, inevitable la caída, me recogerá el personal sanitario en su puesto de guardia. Frente al miedo, la confianza. Confianza ciega, repito.

Un milagro de la medicina

La misma que depositó hace unos días Dagmar Turner, violinista inglesa de 43 años, al someterse a una delicada intervención en la que los médicos le extirparon un maligno tumor cerebral mientras ella, sentada, despierta, consciente, ¡confiada!, interpretaba, violín en mano, el popular 'Summertime' de George Gershwin. Al tiempo que manipulaban en su cerebro, los cirujanos valoraban la interpretación de la violinista, atentos a no perjudicar con el bisturí el más leve movimiento de la mano que sujetaba el arco o de los dedos que reposaban sobre las cuerdas.

Emocionante. Si esto no es un milagro de la medicina, ¡que baje Dios (él, que sabe de esto) y lo vea!

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