La brecha de género

La mujer invisible

El mundo está hecho para los hombres y nosotras nos acomodamos en él con dificultad, como podemos, aunque a veces no podamos

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Christina Koch, a la derecha, y Jessica Meir, con traje de astronauta, en la estación espacial internacional.

Christina Koch, a la derecha, y Jessica Meir, con traje de astronauta, en la estación espacial internacional. / NASA

Desde muy niña albergo la convicción de que la vida habría sido más fácil para mí de haber nacido hombre, creo que son mayoría las mujeres que sienten lo mismo, que el mundo está hecho para los hombres y que nosotras nos acomodamos en él con dificultad, como podemos, aunque a veces no podamos, como comprobaron con desazón las astronautas que se vieron obligadas a desistir de una caminata espacial porque no había trajes para ellas, todos los trajes de astronauta disponibles en EEUU estaban diseñados para hombres. Porque a esto es a lo que me refiero: a cuestiones materiales, prácticas, no a la discriminación laboral, ni al techo de cristal, ni a los prejuicios de género, sino a algo tan pedestre como el hecho de que los asientos de los coches, y los airbags, y los cinturones de seguridad, estén diseñados para hombres, que tienen un tamaño y una envergadura distinta a la nuestra.

La lectura de 'La mujer invisible', el extraordinario ensayo de Caroline Criado Pérez (traducido del inglés por Aurora Echevarría, publicado por Seix Barral), me ha estremecido, me ha puesto los pelos de punta (eso sí, nosotras solemos tener más pelo que ellos) y me ha llenado de ira y de ganas de pasar a la acción.

Las gestas de los hombres

“La historia registrada adolece de un gran vacío”, denuncia Criado Pérez, “la de la otra mitad de la humanidad”. La historia, escrita por varones, da por bueno que el hombre representa a toda la humanidad y que al narrar las gestas de los hombres las mujeres también están incluidas, no hace falta tratar de forma específica sobre ellas. Puedo dar fe de ello, a lo largo de mi infancia y de mi adolescencia memoricé, para el olvido, centenares de nombres de varones egregios o infames, reyes, escritores, artistas, científicos, militares, religiosos… Las mujeres no tenían cabida en los libros de texto, salvo excepciones: reinas, concubinas, santas y alguna escritora y alguna científica. Y Agustina de Aragón, 'of course'.

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En su multipremiado ensayo, Criado Pérez argumenta, con datos, la brecha de género que persiste en nuestra sociedad tecnológica: la mayoría de los ensayos clínicos se hacen con hombres, por lo que los medicamentos son más eficaces para los hombres que para las mujeres, que tienen un 47% más de probabilidades de morir por un ataque al corazón, entre otros motivos porque a los médicos no se les ha enseñado a reconocer los síntomas del infarto de miocardio femenino, que son diferentes. La temperatura de las oficinas y espacios públicos suele estar cinco grados por debajo de lo adecuado para las mujeres, porque está programada para el cuerpo masculino cuyo metabolismo es distinto al de las mujeres. El 'software' reconocedor de voces se programa con base en voces masculinas, de ahí que nuestros aparatitos inteligentes tengan dificultades para entender nuestras agudas voces. Se invierten miles de millones en carreteras y autopistas, en detrimento del transporte público, y se prima el tráfico de coches sobre el peatonal en los planes urbanísticos; la mayor parte de los hombres se desplazan en coche y suelen viajar solos, las mujeres, con los niños y la abuela, se apañan con el metro y el autobús o van a pie por las aceras repletas de motos. “Una talla sirve para todos”, denuncia Criado López, y el modelo de esa talla es, por supuesto, un varón.

Sesgo de género en internet

Aunque las pioneras de la informática fueron mujeres, quienes la están desarrollando son, en su mayoría, hombres, de ahí que el sesgo de género esté muy presente en internet, el algoritmo es masculino y hasta el tamaño de los móviles ha sido diseñado para la mano de un hombre.

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Y no es mala intención (o no siempre), es que no piensan en nosotras, porque hasta el lenguaje nos excluye, o nos relega a la categoría de grupo minoritario; en las lenguas romances como las nuestras, el género masculino es considerado el género inclusivo, de forma que “todos” comprende a varones y a hembras, pero no a la inversa. Alex Grijelmo explica que ello no es reflejo de una sociedad patriarcal, sino que se debe a que las lenguas indoeuropeas, en un principio, tenían un solo género universal, y de pronto sus hablantes cayeron en la cuenta de que en el seno de la comunidad ¡también había mujeres!; para visibilizarlas, desarrollaron el género femenino. De modo que sí, éramos, seguimos siendo, invisibles.

Hay esperanza: desde que en algunas orquestas las audiciones de instrumentistas se hacen a ciegas, la contratación de mujeres ha aumentado en un 50%; a veces conviene ser invisible.