19 feb 2020

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Editorial

Después de 'Gloria'

Al margen de atender los estragos inmediatos, es necesario una reflexión de futuro sobre el territorio

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El Periódico

Estado en que ha quedado la vía de tren entre Malgrat de Mar y Blanes, por la crecida del río Tordera.

Estado en que ha quedado la vía de tren entre Malgrat de Mar y Blanes, por la crecida del río Tordera. / EFE / ALEJANDRO GARCÍA

Tras unos días de alerta máxima en todo el territorio, a causa del paso de la borrasca 'Gloria', llega el momento de los análisis y la reflexión. Y también del balance de daños causados por este inusual y furioso temporal que ha azotado la costa mediterránea y buena parte de las cuencas de sus principales ríos. Antes que nada hay que lamentar la muerte de al menos 13 personas y, seguidamente, las afectaciones en muchos casos dramáticas en diversos puntos. En Catalunya la lista es larga y va desde los destrozos en el delta del Ebro hasta los graves daños ocasionados en la cuenca del Tordera, pasando por las inundaciones en el Baix Ter, las severas devastaciones en las líneas ferroviarias, con el derrumbe del puente de Malgrat, o la destrucción de las playas de una parte importante del litoral. A todos estos estragos, con una factura que solo en Catalunya, y en un balance aún muy preliminar, supera ya los 40 millones de euros, hay que sumar, por supuesto, las circunstancias personales de los afectados: desde el confinamiento o la anulación de la actividad escolar hasta pérdidas económicas de gran calibre, de viviendas a negocios o explotaciones agrícolas y pesqueras.

Ciertamente, la prioridad estriba ahora en recuperar cuanto antes la normalidad en el transporte, la circulación y las infraestructuras y en actuar de manera decidida para paliar los perjuicios entre los afectados, a través de la declaración de zona catastrófica y de las ayudas que puedan revitalizar el pulso social y productivo.

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Pero a estas alturas ya puede hacerse no solamente un balance de la situación sino que también debe llevarse a cabo una revisión de cómo nos enfrentamos a la emergencia climática, a las condiciones meteorológicas extremas que serán cada día menos excepcionales. Una reflexión que debe hacernos replantear la concepción misma del territorio y de la gestión que se lleva a cabo en él. Conviene destacar, en principio, la acertada labor de protección civil en este dramático episodio de emergencia general, con múltiples frentes a cubrir y, al mismo tiempo, es preciso también preguntarse por determinadas acciones que requieren de una investigación detallada. El hecho de que no se desaguaran las presas de Sau y Susqueda hasta que los pantanos excedieron del 100% de su capacidad, en una situación límite y no antes, plantea muchos interrogantes sobre la eficacia y la oportunidad de la medida. Otras críticas a la Agència Catalana de l'Aigua (ACA) provienen de la falta de limpieza de los cauces, como en el caso del Tordera, una zona olvidada por las instituciones o inmersa en desaguisados urbanísticos que hoy se demuestran fatales, desde la ausencia de mota a la deficiente conservación de la red ferroviaria. El caso del Delta también demanda una reflexión profunda, relacionada con la falta de sedimentos provenientes de un Ebro cada día menos caudaloso, por intereses privados ligados a las explotaciones de regadío. Recuperación y reestructuración, acciones inmediatas y previsiones a medio y largo plazo, con criterios que primen el respeto ambiental, minimizando al máximo el riesgo y escuchando a la naturaleza.