21 feb 2020

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análisis

Valverde saliendo de la Ciutat Esportiva Joan Gamper en su último día azulgrana.

ALEJANDRO GARCÍA (EFE)

¿Eran las vacas o era el pastor?

Antonio Bigatá

La gente sabe que las vacas han sido disfrazadas pero son las mismas capaces de pastar distraidamente mientras el Liverpool lanza los corners

Lo contaré con toda la poesía posible. A veces el teatro a media función  apaga todas las luces, se oyen ruidos y voces susurrantes y, pataplám, se vuelven a encender y ha cambiado completamente el  decorado. La mutación es radical. Si por ejemplo en el centro del escenario estaban cuatro vacas sagradas -de esas que por su aspecto parecen becerros de oro, por cierto--- firmando autógrafos y contratos en unos mullidos butacones, el ardid del prestidigitador que dirige la escena  sitúa en su lugar a cuatro vacas montañesas de las rústicas, del tolón tolón, de esas que se tiran los pedos criminales que los ingenieros de las refinerías de petróleo consideran que están acabando con el planeta.

A primera vista únicamente se ve eso. Lo importante no lo descubres hasta un poco más tarde: resulta que durante el apagón han cambiado al pastor de las vacas sagradas por otro, por un especialista en pasear con vacas lecheras por las altas cumbres de Cantabria. Y se produce un gran silencio mientras el director de escena espera, yo creo que inútilmente, nuestro aplauso. Porque la gente sabe que las vacas han sido disfrazadas pero son las mismas, las vacas sagradas capaces de pastar distraidamente mientras el Liverpool lanza los corners. 

Ese 'ball de bastons'

Si lo explico más técnicamente diré que nos han cambiado a Valverde, un entrenador sólido aunque quizás humanamente demasiado serio para ese 'ball de bastons' que es actualmente el Barça y su entorno. Han puesto a otro, a Quique Setién, que merece naturalmente cien días de gracia. Su mayor mérito es que siempre ha sabido autovenderse muy bien explicando que es cruyfista a tope, pero le acompaña un discreto currículum. Muchos le están recibiendo con los brazos abiertos halagados porque repita a diestro y siniestro que le gusta el fútbol combinatorio de ataque. A partir de esa declaración de principios una parte del barcelonismo doliente considera seguro que es de los suyos, de los que les gusta el jamón. La cuestión no es que Valverde hubiese prometido acelgas sin sal, pero dedicó más tiempo a ponerles parches a las suaves decadencias de las grandes figuras veteranas que a intentar hacer unos cambios drásticos que bajo ningún concepto la superioridad le habría dejado hacerlos. Ahora veremos si el problema era de vacas o de pastor.

Valverde y Setié, cuando el primero entrenaba al Barça / RAÚL CARO (EFE)

El cambio puede salir bien pero es arriesgado. En un club enfermo por la confusión mental creada por los resultadistas que se consideran falsamente estilistas, Valverde conseguía resultados (le echan pese a ir líder en todas las competiciones) utilizando las tácticas que aplicaría cualquier entrenador sensato en un club donde ya no están  Xavi e Iniesta mientras Messi y compañía son ya respetables señores treintañeros. Setién lo intentará hacer todo más bonito, pero es facil prever lo que pasará si los resultadistas falsamente estilistas no ganan los pocos títulos que le faltaban a Valverde por ganar. Lo peor del futuro es que inexorablemente llega; lo mejor aún lo desconocemos.

La faena de la directiva

En esta crisis se ha despachado con frases insuficientes lo mal que lo han hecho Bartomeu y la directiva. Tenían derecho a cambiar de entrenador pero no a hacerlo así, descontrolados desde que trascendió que, sin portarse adecuadamente con Valverde, querían traer ahora a Xavi, en plan chapuza, que ya está comprometido con una directiva que aspira a sustituir a la actual después de las próximas elecciones.

Han repetido viejas partituras de Núñez y Gaspart, reyes de la falta  de señorío, actuando con prontos y golpes de genio, repitiendo los días nerviosos y equivocados en que despidieron a Zubizarreta. Esta directiva ha hecho bien muchas cosas y trabaja para que el barcelonismo tenga en el futuro una casa mejor. Pero por el camino ha olvidado que si los cimientos no incluyen la seriedad de sentimientos que merecen todas las personas que pasan por ella, una casa nunca es un hogar.