25 nov 2020

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Salud y entorno social

El hígado de los romanos

MARIA TITOS

El hígado de los romanos

Rosa Ribas

Conocer una cultura es también conocer sus miedos e inquietudes; entre ellas, sus enfermedades y sus formas de enfrentarse a ellas

Cuando te pones a ordenar la biblioteca, lo más probable es que te encuentres sentada en el suelo, rodeada de montones de libros y cómics a tu alrededor, pasando páginas  y con el plumero dormitando a tus pies. Así fue las pasadas Navidades. Aunque en casa seamos más de Lucky Luke, acabé entre una pila de cómics de Astérix en castellano a un lado y en alemán al otro. Me encanta comparar traducciones y me entró curiosidad por ver las diferencias en los juegos de palabras, aunque ya sabía que en castellano eran magníficas porque el traductor era ni más ni menos que Perich. Cogí el mismo en los dos idiomas, 'El escudo arverno', donde Astérix y Obélix acompañan a Abraracúrcix, el jefe de la aldea, a un balneario para tratarse el hígado, tan estragado tras los excesos en los banquetes, que basta un roce leve para que Abraracúrcix salte aullando de dolor.

Cuando empecé a leer los cómics de Astérix de pequeña se me escapaban muchas cosas, algunas por edad, otras porque eran alusiones culturales que no conocía. Pero entendía las razones de la enfermedad del jefe. Estaba más que familiarizada con las advertencias sobre las cosas que eran “malas para el hígado”: beber demasiada leche, comer demasiada carne o mariscos, los quesos eran malos, los fritos eran malos… Había algo que se llamaba “ataque de hígado”, que recuerdo haber llevado como disculpa por faltar a clase, porque no se podía decir que había sido por dismenorrea. El hígado y sus enemigos eran una razón más neutra.

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Releyendo sentada en el suelo 'El escudo arverno', me preguntaba cómo interpretaban los alemanes el mal del jefe de la aldea, porque una de las cosas que he ido descubriendo con los años en este país es que parece que los alemanes no tengan hígado. Por lo menos les preocupa poco.

En una comida con compañeros del departamento de Lenguas y Literaturas Románicas de la Universidad de Frankfurt, alguien comentó que alguno de los alimentos era malo para el hígado. “Vosotros, los romanos, y vuestros hígados”, exclamó una profesora alemana de lingüística francesa.

“Vosotros, los romanos, y vuestros hígados”. Es una frase que me reveló varias cosas. La primera, que vistos desde el norte, o desde el ámbito germánico si se quiere, los aludidos, una profesora francesa, la lectora de italiano y yo, que era la lectora de español, éramos “romanos”, en el sentido de descendientes lingüísticos y culturales de los romanos. En ese momento, aunque las diferencias eran patentes, la colega alemana nos encontraba un vínculo cultural común, más allá de los orígenes latinos de nuestras respectivas lenguas, el hígado.

Así que uno de los denominadores comunes de los “romanos” era nuestra preocupación por el hígado, sobre todo por su buen funcionamiento.

Caí entonces en la cuenta de que los alemanes no hablaban de sus hígados, que es un órgano que no parece interesarles en especial.

Enfermedades populares

Las enfermedades son en parte un producto cultural; en cada cultura hay enfermedades populares. Conocer una cultura es también conocer sus miedos e inquietudes; entre ellas, sus enfermedades y sus formas de enfrentarse a ellas.  Si los “romanos” tenemos el hígado, ¿de qué hablan los alemanes cuando se preocupan por algún órgano? Alguno tenía que ser.

Los alemanes se refieren mucho a la tensión arterial porque temen perder el control

Pues bien, en Alemania la gente habla de los problemas que tiene con algo llamado Kreislauf. Cuando lo escuché la primera vez, pensé que era algún órgano concreto. Intenté averiguar cuál podría ser a través del contexto de los fenómenos o las circunstancias que afectaban a ese Kreislauf, por ejemplo, los cambios bruscos en la presión atmosférica, las muchedumbres, el calor, los sobresaltos… Parecía, pues, un órgano sumamente sensible. Descubrí después que Kreislauf literalmente se refería a la circulación de la sangre, más en concreto a la tensión arterial, y que cuando daba problemas los síntomas eran mareos, desfallecimiento; se podía llegar al desmayo. 

Las enfermedades que tememos dicen mucho de nuestras culturas. Tienen un valor simbólico. Lo que me hizo pensar qué podían decir de nosotros. Tal vez los 'romanos' nos preocupamos por las consecuencias que los excesos puedan tener en el órgano que nos limpia, porque nos da, de algún modo, la absolución por todos nuestros 'pecados'. Los germanos, por su parte temen perder el control sobre sí mismos, quedar inconscientes, desvalidos, a merced de otros.

¿Qué consecuencias tiene para los que vivimos entre dos culturas? En mi caso personal que no se me olvida dónde está el hígado y, además, me fijo en la presión atmosférica cuando escucho el pronóstico del tiempo después de las noticias.

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