23 feb 2020

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ANÁLISIS

Vidal, en el partido ante el Alavés, tras marcar un gol.

Arturo Vidal como símbolo de todo

Albert Guasch

El chileno inyecta sangre al equipo pero tiene el tacto rugoso con el balón, y entusiasma tanto como desespera

Después de marcar su gol –tremendísimo zapatazo–, Arturo Vidal hizo un gesto que pareció decir que se quedaba aquí, que no quiere marcharse en el mercado de invierno. Le tienta el Inter de Milán del vehemente Antonio Conte con más minutos de juego y es fácil de suponer que Ernesto Valverde sería el menos feliz con la partida del obrero chileno. Es la heterodoxia personificada, el trombón entre violines, el elefante de colores, pero agrada al técnico barcelonista, como ha demostrado en infinidad de ocasiones. 

Se trata sin duda del guerrero que Valverde elegiría para pasar pantallas en un videojuego bélico de la Play. Cada acción es para él un Vietnam. Un hombre tras el que escudarse. Así que parece razonable la sospecha de que su alineación como titular ante el Alavés obedeció a un gesto del técnico dedicado al jugador y a la par a los que deciden sobre las ventas. «Va jugando y contamos con él», aseveró en la rueda de prensa posterior al encuentro.

Vidal apela a las entrañas del aficionado con apego a los futbolistas marciales, pero levanta sarpullidos en la piel del que tiene como referencia absoluta al equipo del sextete, homenajeado antes del partido en el décimo aniversario de la gesta colosal. Un botón esclarecedor de ayer mismo: Vidal fue ovacionado con ganas al agujerear el marco rival con el derechazo del segundo gol y, en cambio, generó suspiros impacientes en una jugada anterior en la que no supo acomodar en el área una entrega de seda de Busquets

Diferentes sensibilidades

Vidal es eso: inyecta sangre al equipo pero tiene el tacto rugoso con el balón. Es a ojos de los disgustados con las puestas en escena de Valverde el símbolo de un fútbol que se aleja de las raíces modernas, un mal asunto cuando es el que sobresale. El indómito mediocampista chileno concentra la batalla de las dos sensibilidades prácticamente desde su llegada a Barcelona.

"Muchas veces cuesta ordenarle", admitió Valverde, como si fuera el pecadillo que se permite un hombre formal como él. En general, cuenta con la complicidad del Camp Nou. También de Messi Suárez, como se volvió ayer a constatar en el último partido de un año que terminó de forma plácida, no necesariamente tranquilizadora.

El cuadro barcelonista se mantiene en la cumbre de la tabla, pero sigue siendo cemento por secar. En cualquier momento puede agrietarse. El Alavés creyó que podía hacerlo, como casi todos los rivales. Messi se encargó de desvanecer esas esperanzas. Ante la incertidumbre, siempre aparece el rosarino, incluso rodeado de cuatro defensores como ayer en el tercer tanto, otro prodigio normalizado. 

Da la sensación de que el Barça precisa del reposo navideño, y a ver si a la vuelta el equipo, con o sin Vidal, retoma la compostura de antes de los sucesos de Anfield. Hasta ahora se ha sostenido como un equilibrista, pero es consabido que las caídas serias se salvan (o no) tras el invierno.