Ir a contenido

EL ARTÍCULO Y LA ARTÍCULA

Facebook es una cosa curiosa. Uno puede estar un rato ahí, mirando lo que otros escriben y después seguir con tu vida, como si nada. Pero, en ocasiones, visitar esa red social incita a que te formules preguntas no demasiado sencillas.
Yo tengo 5.000 amigos. Es el límite que allí se establece para una cuenta personal. Ignoro quién decidió que esa era la cantidad máxima, pero aceptémosla sin más. Casi siempre que entro en mi perfil, veo que la cifra se mantiene, pero a veces, inexplicablemente, tengo 4999 amigos. Uno se ha ido. Y resulta inevitable preguntarse por qué.

Tengo 5.000 amigos en Facebook, el límite de una cuenta personal. Y cuando detecto una baja, no dejo de preguntarme por qué

Cuando eso ocurre, surgen muchas preguntas. ¿He hecho algo mal? ¿Alguno de mis comentarios le habrá ofendido? ¿Habrá escuchado alguno de mis gags radiofónicos y le ha parecido espantoso? ¿Quién es esa persona fugada? ¿Me conocerá en persona o será un amigo virtual?

Cuando veo esa cifra, 4999, noto como un pinchazo raro; la constatación de que es posible vivir sin mí, de que en realidad no importamos tanto como habíamos supuesto. Para alguien somos perfectamente prescindibles. Al instante, y como un modo de borrar esa sensación, entro en la lista de solicitudes de amistad y rápidamente acepto a alguien. Y de nuevo aparece el número mágico y redondo. Otra vez tengo 5.000 amigos. Vuelvo a ser el mismo de antes y el universo se ordena como si nunca hubiese ocurrido nada.

Polémicas y bajas

A veces, la cosa es mucho más alarmante. Por un motivo inexplicable, la cifra es, por ejemplo, 4992. Eso demuestra que 8 amigos han decidido dejar de serlo. Incluso una vez pude ver que, en solo unas horas, se habían fugado más de 100. Cuando el número es tan alto, siempre hay una explicación sencilla. Un artículo publicado en este diario donde he manifestado con rotundidad ciertas ideas, o la emisión de un programa de radio en el que he sido demasiado burlón con algunas actitudes. La fuga de muchos no me preocupa, porque la explicación es clara. Lo que me agobia, ante la imposibilidad de conocer el motivo, es la huida de un solo individuo.

En las redes, como en la vida, la gente puede pasar de nosotros simplemente para dar cabida a otra persona

Pero esta mañana, algo me ha hecho cambiar de opinión. Un amigo me ha telefoneado para contarme que ha sido padre. Las fotos de su hija estaban en Facebook, me ha dicho. Como no éramos amigos en la red social, y como no podíamos serlo (ya tenía el límite de 5000), he entrado en la aplicación a través de mi móvil, he ido a amigos, he buscado uno que no me sonaba de nada y lo he borrado para dar cabida a mi amigo real.

No tenía nada en contra de ese chico al que he eliminado de mi lista de amistades. Nada de nada. Solo necesitaba tener, por un momento, 4.999 para que pudiera entrar un contacto nuevo.

Inmediatamente me he puesto en la piel del chico borrado. Verá que su número de amigos ha disminuido en una unidad. Y pensará, como siempre había pensado yo: «¿Qué he hecho para ofender a alguien?». Su pregunta, como lo eran todas las mías, es una prueba espantosa de vanidad, porque muchas veces la gente, en Facebook y en la vida real, pasa de nosotros y nos ignora no porque hayamos hecho nada malo, no porque hayamos ofendido (no somos tan importantes casi nunca). Pasan de nosotros, sencillamente, para dar cabida a otra persona.