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La hoguera

Una ecografía.

Nadie aborta porque quiere

Juan Soto Ivars

En Eslovaquia pretenden obligar a la mujer que quiera abortar a que vea imágenes del feto y a oír su latido cardiaco, algo que solo puedo definir como una burda extorsión sentimental

Por lo visto, en Eslovaquia pasa por las Cortes una de las leyes del aborto más restrictivas de Europa. No extraña la noticia, vistos los retrocesos que se están produciendo en este continente con pinta de máquina del tiempo, salvo por un detalle: la novedad cruel que ha decidido introducir en la ley de aquel país. Podrán obligar a la mujer que quiera abortar a que vea imágenes del feto y a oír su latido cardiaco. Es decir: colocarán a personas que se enfrentan un proceso extremadamente difícil y doloroso, corporal y psicológicamente, ante algo que solo puedo definir como una burda extorsión sentimental.

La medida eslovaca deja esos muñequitos de bebés del tamaño de un llavero que reparten las evangelistas en la puerta de las clínicas abortivas de Estados Unidos en una anécdota. El corazón está totalmente asociado al amor en nuestra cultura, y el latido cardiaco del embrión puede empezar a notarse durante la octava semana de gestación. No está preparado para amar, por supuesto, ni para vivir, pero las autoridades eslovacas han creído que la sugestión de este sonido echará para atrás a muchas de las mujeres que deciden interrumpir el embarazo.

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Soy un hombre, con lo que mi opinión sobre el aborto no debería importarle a nadie, pero sí puedo decir algo. He tenido que acompañar a un par de mujeres a hacerlo, y las he acompañado después: no he visto nunca chicas tan rotas por dentro, tan arrepentidas pese a considerar que habían hecho lo correcto. El cuerpo no está preparado para el aborto. La mente, siempre más sometida al cuerpo de lo que nos gustaría admitir, tampoco. Se puede leer el testimonio de muchas que necesitaron atención psicológica después de hacerlo. Lo describen, pasados los años, como la experiencia más dura de sus vidas.

Abortan si no encuentran otra alternativa. Nadie quiere hacerlo. Y nadie debería impedir que lo hagan. ¿Obligarlas es sumarle al trauma el recuerdo del latido de un músculo en formación? Sin duda, se le habrá ocurrido a un sádico.