13 ago 2020

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Protesta en la Puerta del Sol de Madrid contra la violencia machista

KIKO HUESCA (EFE)

Detrás del tabique

Najat El Hachmi

Uno de los pilares fundamentales de la perpetuación de la violencia machista es indiferencia ante las agresiones, ante la injusticia en general

Violencia de género: un término que nos permite tomar un atajo cuando hablamos de la realidad a la que hace referencia, que resulta útil lingüísticamente porque en tres palabras podemos describir el fenómeno. Pero como todas las expresiones útiles y de impacto mediático puede correr el riesgo de convertirse en un lenguaje demasiado aséptico, demasiado abstracto. Por desgracia, la violencia de género es un hecho terriblemente concreto que azota a las mujeres independientemente de su clase social, origen geográfico, raza o religión. No nos dejemos llevar por la posible aseptización del término.

La violencia de género es el primer grito entre sábanas tibias por parte de quien has escogido para compartir una de tus parcelas más íntimas. Es el golpe sobre la mesa que irrumpe de repente en la quietud de la monotonía cotidiana, con el televisor de fondo y los niños haciendo bola con la carne. Es la primera bofetada que te da alguien a quien quieres y que te provoca más dolor íntimo que físico, el tipo de dolor que hace añicos tu amor propio y sacude tu confianza en los demás. Son las palizas: lluvia de golpes sin cesar que caen como una tormenta y no obedecen a lógica alguna. Lo absurdo de la violencia es uno de sus elementos más aterradores. Porque sí. Hasta que te ha minado lo suficiente como para empezar a encontrarle razones que la justifiquen: es que estaba borracho, es que había tenido un mal día, es que en el fondo es un buen hombre pero pierde los nervios, solamente un golpe, la primera vez y la última. Es que es el padre de mis hijos, es que no sé qué haría yo sola. Es que nadie me creería.

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Violencia de género también son los golpes que los vecinos oyen desde el sofá de su casa y se preguntan si tienen que intervenir. ¡Esa duda, madre mía lo que supone esa duda! Gritos y ruido de platos rotos, súplicas de compasión que el verdugo no escucha pero tampoco quienes están detrás de un tabique. Es este uno de los pilares fundamentales de la perpetuación de este fenómeno: la indiferencia ante las agresiones, ante la injusticia en general. ¿Quién soy yo para meterme en asuntos ajenos? Es lo que han dicho muchos testimonios directos de la violencia para justificar su cobardía. Es lo que pasaba cuando a todo esto lo llamábamos violencia doméstica, sin entender que el tema principal no es el espacio donde tiene lugar sino el trasfondo ideológico y cultural que concibe a la mujer como ser inferior sobre el que se puede ejercer el poder que esa misma cultura ha dado a los hombres.

Sí, lo sé, nos repetimos un poco, las feministas, no paramos de dar la tabarra con el tema. Créanme, yo quisiera de corazón no tener un día de la eliminación de la violencia contra las mujeres, no tener que hablar más del tema. Pero no somos nosotras las que nos repetimos hasta la saciedad. Es el machismo que no se cansa de su falta de originalidad y sigue actuando como si nada.