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IDEAS

La escritora Irene Solà. 

ASLI YARIMOGLU

Nuestros recuerdos son un animal que huye

Lucía Lijtmaer

No soy yo, a día de hoy, una persona cercana al mundo rural, pero desde hace algunos días huelo la humedad de los helechos. Desde aquí, desde mi casa, en medio de una ciudad repleta de coches, tan repleta que hasta tiene una medida propia para que no circulen por el centro. A veces el gobierno, en el que participa la ultraderecha, la pone en uso. A veces no.

Aún así yo sigo oliendo a helechos. A la tierra que te avisa justo antes de la lluvia. A las trompetas de la muerte, cuando susurran sus secretos. Desde que leo “Canto jo i la muntanya balla”, de Irene Solà, vuelve a mi recuerdo toda una infancia justo en el espacio literario que cuenta la novela, y desfilan delante mío los renacuajos resbaladizos, justo cuando están a punto de salirle las patas, las hojas de las fresas silvestres, el distintivo color de las manchas que dejan las moras en las manos al recolectarlas.

Que la literatura es evocadora no es novedad, pero sí sorprende hasta qué punto, a medida que leo, son los olores lo que más retornan. El pasto mojado, la pizarra al sol, el estiércol de vaca, mezclado con la paja seca. A partir de cierto momento en la vida debe ser verdad que el recuerdo adquiere una consistencia física en su ductilidad. Quizás es por eso que, mientras leo, también viene a mi memoria nuestros cuerpos infantiles en el río, bajo el agua oscura. Deberían advertirnos que uno jamás conocerá ningún cuerpo como el de las amigas de la infancia. Los lunares que contienen nuestros brazos y espaldas, el vello corporal, tan rubio que es casi transparente, la consistencia de la piel seca, nuestras pantorrillas, las cabelleras que aún cambiarán de color con el tiempo y la edad, aunque aún no lo sepamos.

Las amistades infantiles no se diferencian mucho de ese campo: un territorio inhóspito y cercano, capaz de lo mejor y lo peor. Algo plenamente reconocible, tantos años después, que regresa como el lenguaje, como el olor de los helechos, para acecharnos, a veces con un rayo de tormenta, y también para dejarnos fijados en el tiempo, como un animal justo antes de emprender la huida.