04 jul 2020

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Análisis

Un cafe de Tokio ha lanzado un proyecto pionero para utilizar robots como camareros  manejados a distancia por una persona discapacitada. Se llama OriHime-D  pesa 20 kilos  atiende como camarero en un cafe de Tokio. EFE Nora Olive

EFE

El trabajo en el 2030 o en el 2040

Josep-Francesc Valls

Los cambios laborales obligan apensar qué hacer con los expulsados del mercado y cómo formar para lo que viene

Nueva York, 1900. Tres millones de habitantes. Por la ciudad circulan unos 200.000 carruajes tirados por caballos. 10 años después, apenas aparece rastro de ellos.

En su lugar, las calles se han poblado de otros tantos automóviles que se mueven gracias a un motor de dos cilindros de 4 a 8 CV. El viejo olor de los millones de toneladas de estiércol evacuadas diariamente por los animales dejó paso a los humos que polucionan, a los cláxones que sonaban y a la congestión del tráfico. Por las mismas calles, remodeladas y torturadas pululan hoy más de dos millones de vehículos. ¿Qué ocurrió con los 200.000 cocheros? En menos de diez años, pilotaban los vehículos a motor, trabajaban en las nuevas fábricas de automóviles, en la industria auxiliar...

Los mismo ocurrió cuando cien años antes, en 1800, se produjo la sustitución de las máquinas de hilar por los telares industriales en el Reino Unido; el fuerte rechazo del movimiento ludista apenas duró diez años. Los cocheros y los textiles tuvieron suerte. Pero si eligiéramos para este análisis otros momentos de grandes cambios técnicos o tecnológicos, no ocurre ni mucho menos lo mismo.

En nuestro país, por ejemplo, la reconversión naval ha diezmado en cuatro décadas los cuarenta mil trabajadores de los astilleros. O la minera, que se ha llevado por delante otros treinta y tantos mil empleos. O la bancaria, que hasta ahora ha dejado en el camino más del 25% de una plantilla que en el 2003 rondaba los 250.000 empleados. Brusca interrupción de la continuidad del puesto de trabajo, que ni las subvenciones ni las prejubilaciones mitigan.

Aparece un sector. En torno a él se crean puestos de trabajo. Tantos o más. Baja la productividad. Entra en crisis. Se despide a sus ocupantes. Cuando ahora nos planteamos el futuro del trabajo, ¿va a ocurrir como con los automóviles o los ludistas, o, por el contrario, como con el naval, la minería o la banca?

Asistimos a uno de los cambios tecnológicos más profundos de la historia. Las herramientas digitales transforman los negocios y las relaciones laborales. Como afirma Bauman, todo es líquido en la modernidad. Más todavía, los puestos de trabajo actuales. Los 'big data', la inteligencia artificial, la robótica, los chatbots, los internet de las cosas destruyen no solo los que requieren menos preparación sino muchos de cuello blanco y de niveles medianos y altos.

Nacen otros. Muchos más que los que desaparecen. Por el momento. Aunque no está claro lo que va a ocurrir a medio plazo, se generan dos problemas. El primero, qué hacer con los expulsados. Viene al pelo el mensaje machaconamente repetido por la OIT este año de su centenario: asegurar que todas las personas se beneficien de las transformaciones que tienen lugar en el mundo del trabajo. Resulta urgente, por tanto, la aplicación de la renta mínima de inserción para los más desfavorecidos de la revolución tecnológica.

El segundo, no aparece suficientemente gente preparada para los nuevos desempeños. El sector de la formación está obligado a dar un paso mucho más decidido adelante. Y cada uno de nosotros debe trazar el camino más corto hacia una suficiente preparación digital.