23 feb 2020

Ir a contenido

CONSECUENCIAS DE LA SENTENCIA

Vista general de Barcelona y de uno de los fuegos causados por los manifestantes independentistas radicales, el viernes 18 de octubre.

AP / JOAN MONFORT

Perdemos todos

Berta Barbet

No ha sido una buena semana para el independentismo, ni para el Govern, ni para el Ejecutivo central y ni siquiera para los que piden más contundencia

No ha sido una buena semana para el movimiento independentista. El Gobierno catalán, e incluso una parte importante del movimiento social, se ha mostrado incapaz de liderar la respuesta ciudadana a la sentencia. Una respuesta ciudadana que no solo ha dejado de estar coordinada y planificada, además ha caído en dinámicas de enfrentamiento policial y vandalismo que seguramente le han restado apoyo y simpatía. Esto ha hecho que la gestión del mensaje haya sido nefasta con el foco de atención virando rápidamente de la sentencia hacia la violencia en las calles

Por si esto fuera poco, la cacofonía de voces y las divisiones internas se ha hecho más patente que nunca. Con las voces a favor y en contra de las protestas generando sensación de división, y con la mitad del movimiento criticando duramente la gestión del 'conseller' de Interior. En este contexto, no es de extrañar que los esfuerzos de Quim Torra por recuperar el control de la agenda con nuevas votaciones hayan generado más ojos en blanco que adeptos. Políticamente, el movimiento pasa por uno de sus peores momentos y esta semana no ha ayudado a revertirlo.

La gente no quiere olvidar

Esto no significa que haya sido una buena semana para los que se oponen al movimiento independentista. Los que defienden una intervención más contundente, y de dudosa validez legal, en Catalunya quedan bastante descolocados con la gestión de las protestas por parte de la Generalitat. Ninguna de sus intervenciones se justifica si Generalitat y Mossos colaboran con la Policía y el Gobierno central en la seguridad ciudadana en las protestas. Sí, las protestas han generado conflicto y malestar en Catalunya que se pueden utilizar políticamente, pero parece más claro que nunca que estos problemas no salen del poder político solamente. 

Hay una importante base social que no se va a ir a casa solo porque los líderes políticos se lo digan. Y esto pone de relieve más que nunca que las propuestas más reaccionarias han errado en el diagnóstico. Los esfuerzos por desarticular políticamente el poder del movimiento han dejado un escenario muy complicado a nivel social. Ni el artículo 155 ni la ley de seguridad ciudadana permiten intervenir en el principal reto que supone el movimiento independentista en estos momentos: la gente no está dispuesta a olvidarse de lo que ha pasado. No puede haber solución al conflicto sin gestionar las expectativas de las bases independentistas.

Uno pensaría, pues, que ha sido una buena semana para los que defienden posiciones intermedias, para los que piden diálogo y negociación. Pero tampoco. Todo lo sucedido no hace más que ahondar en las divisiones y resquemores que polarizan y dividen la sociedad y que hacen que el diálogo sea muy complicado a corto plazo. Las llamadas a la calma y la proporcionalidad en ambos lados han permitido que no empeore la situación, pero no es evidente que vayan a generar el apoyo social necesario para mantenerse en el tiempo. Esta semana perdemos todos. Habrá que seguir trabajando para las siguientes.