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Responsabilidad y solidaridad

La Europa que queremos

LEONARD BEARD

La Europa que queremos

Antonio Argandoña

Todos tenemos distintos modelos de cómo debe ser ese proyecto llamado Unión Europea, de modo que tendremos que dialogar, negociar y tratar de encontrar posiciones compartidas

Las noticias que nos llegan de Europa nos presentan un panorama no siempre reconfortante: crisis industrial, enfrentamientos políticos, falta de unidad, oportunismos… La historia, no muy remota, de esa Europa nos remite a dos guerras mundiales y enfrentamientos sangrientos, que unos cuantos visionarios fueron capaces de superar hace unas décadas, con un proyecto, lo que ahora es la Unión Europea (UE), que asegurase un mínimo de armonía y cooperación. Ese proyecto no gusta a todos, o mejor, tenemos distintos modelos de ese proyecto, desde un nacionalismo cerrado, que rechaza a los otros, hasta una visión idílica de una Europa unida económica, política y culturalmente.

Aquí quiero recordar que detrás de esa multiplicidad de posiciones hay dos modelos que, además, no se presentan puros, sino con distintas variantes. Para unos, los que podríamos llamar partidarios de la responsabilidad, la UE debe ser un marco político relativamente rígido de reglas a largo plazo que disciplinen a los países miembros; los Tratados se deben interpretar de manera homogénea y estricta.

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Ese marco se basa en el compromiso de actuar responsablemente respecto de sus propios asuntos, asumiendo sus deberes y riesgos, por ejemplo, a la hora de proveer volúmenes de ahorro suficientes para financiar sus necesidades (el problema de las pensiones, o la salvación de los bancos en crisis), o de gestionar de manera ordenada su patrimonio y su endeudamiento. La estabilidad económica y financiera debe ser un objetivo prioritario de las políticas económicas. La protección de los ciudadanos corresponde a sus gobiernos; la solidaridad no tiene por qué extenderse hacia los ciudadanos de otros países: que cada palo aguante su vela.  

El otro modelo, que podríamos llamar de la solidaridad, acepta la existencia de reglas a largo plazo, pero concibe el marco de actuación como algo flexible, orientado al crecimiento y a la creación de empleo, más que a la estabilidad, porque supone que esta no es suficiente para garantizar un crecimiento económico adecuado. Los Tratados se deben interpretar con flexibilidad, de acuerdo con los problemas sociales o políticos del momento.

Estabilidad macroeconómica

En este modelo, las instituciones comunitarias deben estar dispuestas a compartir riesgos, en forma de políticas de asistencia financiera amplia, seguro de desempleo a nivel europeo, criterios permisivos con los déficits públicos, y un banco central que actúe generosamente como prestamista de última instancia. Esto implica que el problema del riesgo moral no es el más importante: es verdad que, si sé que los demás me ayudarán si tengo un problema grave, es probable que deje de poner todos los medios necesarios para no caer en ese problema, pero… el problema que tengo ahora es el verdaderamente importante. En caso de crisis, la recuperación de la estabilidad macroeconómica debe estar subordinada a la recuperación del crecimiento y el empleo: ya pondremos orden más tarde.

Por tanto, las decisiones a nivel supranacional tienen que tener muy en cuenta las necesidades de los países concretos: por ejemplo, conviene que haya foros en los que los países pequeños puedan discutir las decisiones comunitarias desde su punto de vista particular, pues se supone que la Comisión tiene un sesgo en favor de los países grandes.  

Esta explicación de los modelos no deja de ser una simplificación, pero nos puede ayudar a entender los problemas que nos presentan los medios de comunicación cada día. Por ejemplo, el modelo de la responsabilidad supone que, si las reglas están bien diseñadas, y todos los países parten de una situación de estabilidad, la evolución de todos los países debe ser inmune a perturbaciones asimétricas y a problemas de contagio -lo que no ocurrió durante la crisis-. En sentido contrario, el modelo de la solidaridad es ambiguo respecto de los problemas de riesgo moral, y esa ambigüedad acaba creando ese problema.

La conclusión del lector puede ser que la toma de posiciones ante esos problemas es más ideológica que técnica. Es verdad, pero también hay que reconocer que tenemos experiencias, dentro y fuera de casa, que nos acercan a una u otra postura. Lo importante, me parece, es que seamos conscientes de esa variedad de modelos; que no podemos pretender que todo el mundo piense lo mismo, de modo que tendremos que dialogar, negociar y tratar de encontrar posiciones compartidas. No es distinto de lo que nos ocurre dentro de casa, ni de echar la culpa a unos o a otros.

*Profesor del IESE.