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Análisis

El príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman.

AP / HASSAN AMMAR

El carácter antiislámico de los faros de los coches

Alfonso Armada

El turismo es un animal bifronte. Cuando Franco murió en la cama, sometido a un encarnizamiento terapéutico encabezado por su yerno, España ya no era el país que el general pretendía legar "atado y bien atado". El turismo y el desarrollo habían cambiado piel y costumbres. El régimen era una antigualla que merecía ser arrojada al basurero de la historia.

Cuando veo fotos de Mohamed bin Salman, el heredero del trono saudí, hombre fuerte del régimen wahabí, la versión más reaccionaria del islam, pienso en Macbeth. MBS, como solía ser cortejado en la prensa internacional, emblema de la modernización que pretendía para el reino, no ha dejado de lavarse las manos desde que, hace ahora un año, forenses y carniceros descuartizaran al periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí en Estambul. Los líderes del G-20 no repararon en la microscópica barrera de coral que resaltaba los manicurados dedos de MSB cuando se dieron la mano: una cutícula de sangre.

La decena de fieles servidores encarcelados que pretende someter a juicio se llevarían por el desagüe de la opaca justicia islámica la verdad de aquel infausto día de octubre en que al colaborador de 'The Washington Post' se le ocurrió entrar en el malhadado consulado. Desde entonces, ni una uña de Khashoggi se ha podido encontrar. El reino del desierto es muy eficaz cuando quiere borrar todo rastro del espanto que dispensa.

Donald Trump y sus palmeros les gusta calificar a los periodistas de "enemigos del pueblo". MBS llevó a la literalidad de la muerte esa figura retórica.

Al Bashir, a la cárcel

El temor del régimen sudanés a verse arrollado por las protestas de la sociedad civil hizo que el presidente Omar al Bashir pidiera a los hermanos de hierro de El Cairo y Riad que alimentaran la mentira en las redes y desacreditaran a la oposición. Fracasaron. La ola democrática sudanesa acabó con los huesos de Al Bashir en la cárcel. Un gobierno provisional formado por civiles y militares pastorea ahora Sudán hacia la democracia. Crucemos los dedos para que como las primeras primaveras árabes no descarrile.

Sudán no es Arabia Saudí. Pero 'Meroe' (Anagrama), la estremecedora novela que Oliver Rolin ambienta en Jartum, tiene como trasfondo la antigua capital del reino de Kush, acaso las pirámides más solitarias de los tristes y hermosísimos páramos sudaneses. Hay ruinas de belleza semejante en los tristes páramos saudís. MBS pretender abrir el país al turismo. Y modernizar un régimen medieval que condena a 1.000 latigazos a un "enemigo del pueblo" como Raif Badawi o amenaza con castigar a 20 años de cárcel a Eman al Nafjan, fundadora del sitio SaudiWoman.me, por "poner en peligro la seguridad nacional". Entre sus pecados, promover el derecho de las saudís a conducir. En 'Meroe' se habla del "carácter antiislámico de los faros de los coches". Porque son capaces de revelar la verdadera figura de una mujer. Metáfora de la transparencia, de las luces largas que alumbran las tristezas saudíes. La luz que repele al 'Macbeth' del desierto.