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Contaminación digital

La red, ni efímera ni verde

MARÍA TITOS

La red, ni efímera ni verde

Liliana Arroyo

Nos han envuelto lo virtual con imaginarios volátiles, pero internet tal y como funciona hoy perjudica al medio ambiente

Si queremos abordar la emergencia climática en su complejidad, necesitamos reinventar internet. Cuando nos hablan de descarbonización, rápidamente pensamos en transportes y fábricas humeantes. También nos suena que la ganadería intensiva es una fuente notable de emisiones de CO2 y que el sistema de alimentación genera una cuarta parte de la contaminación. ¿Pero cuántas veces nos hemos preguntado cuán ecológica es nuestra vida digital? Probablemente nunca, porque nos han envuelto lo virtual con imaginarios efímeros y volátiles.

Crecí oyendo que el saber no ocupa lugar. Pues para no ocupar -pensaba yo-, la mochila del cole pesaba un rato. Ya en la universidad, a pesar de ser una amante de los libros, sucumbí al encanto del 'e-book' para reducir el consumo de papel y el peso del bolso. Sin perdonar, eso sí, unos pocos ejemplares al año para mantener el tacto de las hojas, el olor a tinta y celulosa. Es cierto que, para mí, el libro electrónico en sí pesa lo mismo cuando está vacío que cuando contiene mil documentos. Pero, ¿dónde está realmente todo eso que acumulo ahí?

Miles de kilómetros de fibra óptica

Lo han llamado 'nube', aquel lugar lejano donde acumulamos gigas de vídeos, fotos, archivos o música que vamos almacenando. Su dimensión física nos queda tan lejos que casi no existe en nuestra mente. La infraestructura son miles y miles de kilómetros de cable de fibra óptica que envuelven el planeta y cruzan el océano. Y, por supuesto, hay nodos donde se acumula la información: los centros de datos. Edificios de líneas que parecen una caja gigante, con un consumo eléctrico ingente. Según nos cuenta Greenpeace en el informe Click Clean (clic limpio), el sector tecnológico hoy en día supone el 7% de la demanda de electricidad mundial, y una cuarta parte de esa electricidad se destina a dichos centros.

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Además desprenden unos niveles de calor que requieren sistemas de refrigeración industriales, así que muchas empresas han decidido ubicarlos directamente en zonas frías para ganar eficiencia. Es una cuestión de escala: os podéis imaginar el calor que genera vuestro ordenador junto al de los ordenadores de toda la finca, el barrio y el municipio. Sumadle ahí la electricidad necesaria para activar los ventiladores. Una combinación de calentamiento y consumo eléctrico, sin olvidar que los combustibles fósiles siguen siendo la fuente principal de producción eléctrica a nivel mundial.

El auge de la inteligencia artificial y el despliegue del 5G tampoco contribuyen a descarbonizar. La preocupación por el consumo se traslada a la academia, y un equipo de ingenieros en Massachusetts se ha dedicado a medir la huella ecológica del 'machine learning'. Se usa, por ejemplo, para entrenar a Siri, Cortana y Alexa y que te entiendan mejor la próxima vez. Pues bien, entrenar un asistente de voz durante un año contamina tanto como volar de Pekín a Nueva York más de más de 100 veces. Es decir, que los algoritmos aumentan la capacidad de procesar información a costa de obviar componente ecológico.

Hacen falta procesos limpios, pero también un consumo digital proporcionado

Hablemos de series: en el 2018 todos los vídeos en 'streaming' consumidos mundialmente generaron un nivel de emisiones equivalente a todo el Estado español para el mismo periodo. Es más recomendable descargarlos que usar el 'streaming', siempre y cuando no dejemos esos capítulos olvidados en algún rincón. Lo mismo que esos cientos de e-mails que leímos en su día y nunca más se supo. Eso es la basura digital y contamina desde el olvido. La higiene digital no solo es buena para nuestra privacidad sino que también ayuda al planetaInternet tal como funciona hoy perjudica el medio ambiente, pero el cambio climático también amenaza a la red. Si aumentan los niveles del mar, quedarán bajo el agua partes del cableado que no están preparadas para ello.

Con todo ello, es evidente que los esfuerzos individuales suman, pero hay que replantear drásticamente cómo se alimenta el sector. Las voces más críticas reclaman un neoludismo para evitar que convirtamos nuestro entorno en un computador gigante, una especie de sistema nervioso hiperconectado con millones de sensores. Otras alertan de que necesitamos reinventar internet. De hecho, muchas de las empresas propietarias de los mayores centros de datos han comenzado la transición a energías renovables. Pero no es suficiente. Hacen falta infraestructuras eficientes y procesos limpios energéticamente hablando. Y mientras tanto, vayamos practicando la cultura de un consumo digital consciente y proporcionado.

*Doctora en Sociología, especializada en transformación digital e innovación social. Esade.