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Netanyahu señala el Valle del Jordán en un mapa durante un acto de su campaña electoral. 

MENAHEM KAHANA (AFP)

Palestina sin los palestinos

Ramón Lobo

¿Qué fue de los palestinos? ¿Los recuerdan? Un pueblo semítico que vive en Israel y en los territorios ocupados de Cisjordania y Jerusalén Este, además de la Franja de Gaza. Se hablaba mucho de ellos en los años 80 y 90 del siglo pasado. Se firmaron acuerdos que prometían una paz justa. En Annapolis (EEUU) se acordó en 2007 la solución de dos estados en las fronteras reconocidas por el Consejo de Seguridad. Siempre hubo más fanfarria que realidad.

Los palestinos solo existen en las campañas electorales, y no para bien. Binyamin Netanyahu, que ahora lucha por su supervivencia política, considera que los árabes-israelís (cerca de un 20% de la población de Israel) son un caballo de Troya, sospechosos de terrorismo. Son los palestinos, y descendientes, que no huyeron de sus casas tras la creación de Israel en 1948. Pese a tener nacionalidad israelí son ciudadanos de tercera.

Yasir Arafat no anduvo listo en leer el cambio que se venía encima tras los atentados del 11-S. Permitió, con sus dudas iniciales, que un viejo zorro sin escrúpulos, Ariel Sharon, le sacara de la lista del premio nobel de la Paz para meterle en la de los delincuentes más buscados. Arafat les dio conciencia de pueblo a los palestinos y un objetivo para la resistencia, pero no fue un buen presidente.

Fracaso de los Acuerdos de Oslo

Los Acuerdos de Oslo murieron a la vez que Yitzhak Rabin, asesinado por un extremista judío en 1995. Al timorato Shimon Peres le sucedieron un breve Netanyahu, BarakSharonOlmert y otra vez, Netanyahu, pero sin careta.

Mientras que se hablaba de paz, Israel, no importa bajo que líder, ha impulsado la colonización de Cisjordania y Jerusalén Este. Entre 1967 y 2017 se han creado más de 200 asentamientos en los que viven 620.000 colonos, según la oenegé judía B’Tselem. Las colonias están situadas en zonas estratégicas. Garantizan el dominio del agua y el control militar, como sucede en el valle del Jordán que Netanyahu prometió anexionarse.

Cisjordania es un queso gruyere con tres zonas en el que es inviable un Estado. Mientras que el mundo hablaba de planes de paz (ahora ni eso), Netanyahu ha profundizado en los territorios ocupados un sistema de segregación que nada tiene que envidiar al 'apartheid' sudafricano.

Esto no se puede decir en voz alta porque te conviertes en blanco de los ataques de la 'hasbará', una activa red de propaganda israelí en redes sociales. El crítico, por fundados que sean sus argumentos, se convierte en antisemita, y si esto no bastara, en cómplice de los nazis. Semita es una palabra ocupada, los palestinos también lo son, que tiene un efecto paralizante. Hay una culpabilidad colectiva por no haber impedido el Holocausto.

Semita es una palabra ocupada, los palestinos también lo son, que tiene un efecto paralizante

Un acuerdo histórico

Hay quien tilda de sionistas a todos los contrarios a la paz, pero esto no es así, porque Rabin lo era y firmó un acuerdo histórico, estrechándole la mano a Arafat. Los peligrosos son los sionistas revisionistas. Su objetivo es el territorio bíblico, pero sin palestinos. El padre de Netanyahu lo era y su hijo no le anda a la zaga. Hace unos días, su Gobierno afirmó que los palestinos de Gaza eran extranjeros ilegales en los territorios cisjordanos controlados (en teoría) por la Autoridad Palestina.

Netanyahu es un líder tóxico, mentiroso como Boris Johnson y racista como Viktor Orban. Los palestinos carecen de líderes capaces. Ni siquiera tienen fuerza para una nueva intifada. En el debate internacional, están asimilados a los rohinyá y los saharauis. Son nadie.

El Gobierno israelí tiene un enemigo peligroso, además de Irán, al que combate con todos los medios políticos y diplomáticos: la campaña internacional BDS, siglas de BoicotDesinversión y Sanciones. En la guerra por las palabras, que ganan los judíos, se equipara el BDS con los que buscan la destrucción de Israel. Preocupa el éxito y su extensión en ambientes académicos, y se que vea con simpatía en algunos países del norte de Europa . Saben que el régimen sudafricano cayó por las sanciones y el boicot internacional.

Hay otra idea que provoca escalofríos en la dirigencia israelí: la de un solo Estado. La lanzó el intelectual palestino Eduard Said antes de morir, que los palestinos renuncien a su inservible Autoridad Nacional y pidan la nacionalidad israelí con todos sus derechos, incluido el de voto. Sería el fin del Estado judío, cada vez más teocrático y menos democrático.

Temas: Palestina Israel