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IDEAS

El escritor Javier Calvo.

MARA FAYE LETHEM

El estallido adolescente de Javier Calvo

Miqui Otero

Cada vez que pienso en la pubertad, recuerdo la misma anécdota. Le preguntaron a Phil Spector por qué, en sus discos de canciones pop, grababa tantísimas capas de guitarras, enjambres de violines, baterías quintuplicadas, a tantísimo volumen. El productor contestó: "¿Acaso no has sido jamás adolescente? Todo se siente así".

Bien. Casi. Si quien habla de esa misma etapa es el escritor Javier Calvo, a la orquesta hay que sumarle a un druida ocultista aporreando un gong de adamantio con un martillo hidráulico, a una hidra de mil cabezas de cuyas bocas salen a un volumen infernal marchas militares desafinadas, a ochenta Furias que no conocieron jamás la pedicura arañando pizarras negras extraídas del reino de Hades. Y a un adolescente de mirada hueca que lo mira todo con los labios cuarteados por las pipas y que dice: "¿Eso que escucháis? Todo eso es lo que siento yo".

'Piel de plata' es una apabullante novela de formación que, como la mayoría, es de deformación

Calvo ha regresado a la ciudad y a la novela para meterse en la cabeza de Pol, un adolescente esquizofrénico de 14 años, "un héroe trágico de una saga de desatención parental, distracción pedagógica y desatino genético", cuyo mito fundacional podría situarse en el preciso instante en que le clavó un tenedor en el cuello a una compañera de clase. Solo las novelas de fantasía, los poetas herméticos, las chicas lunáticas o las canciones abismo podrían salvarlo (y esa salvación poco tiene que ver con la de las ballenas).

Al protagonista de 'Piel de plata' su madre le dice: "Siempre que alguien te critique, acuérdate de que los demás son insectos y de que tú eres mucho mejor que todos esos imbéciles". Un sabio consejo similar al que me dio mi abuelo: "Jamás discutas con un imbécil: tendrás que ponerte a su altura y ahí él tendrá la ventaja que otorga la práctica".

Calvo ha escrito una apabullante novela de formación que, como la mayoría, es una novela de deformación. Es la adolescencia ese lugar libre de jurisprudencia y antecedentes de pena donde jugamos más o menos a ser libres y a creernos algo. Cuando estamos zumbados, y, por tanto, representamos la mejor síntesis poética de un mundo que también lo está. Cuando somos algo así como Salmoneo, el hermano de Sísifo, ese reyecito que se creía mejor que Zeus y que, como él, podía convocar tormentas: hizo construir puentes de metal, sobre los que conducía un carro que arrastraba cazuelas y cacharros para imitar el sonido del trueno, mientras mandaba lanzar al cielo antorchas que parecían rayos. Mejor que el mejor y peor que el peor.

Que Zeus lo aniquilara con un rayo real y, glups, condenara su sombra a las profundidades de Tártaro no importa. Lo que nos ocupa aquí es que la adolescencia es esa isla mágica de horror y libertad y risa y primeras veces. Y la literatura, como sucede con esta profunda y divertidísima novela, una titánica turbina de euforia lectora, debería serlo también. Todo queda claro en la cita que la encabeza: "El arte verdadero es una explosión".

Temas: Libros