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Reconstruir puentes

La estatua de Rafael de Casanova,en una Diada de los años 80.

La unidad de los catalanes

Carles Campuzano

Quedarnos atrapados en el dolor, cada uno el suyo, solo es bueno para quienes quieren hacer su fortaleza del conflicto enquistado

Demasiadas veces la apelación a la unidad se ha convertido en un arma arrojadiza entre los partidos; se ha buscado más desgastar al adversario que realmente aspirar a sumar esfuerzos en la defensa de un proyecto ampliamente compartido. Pero es cierto que cuando la pugna partidista es atronadora y el país vive tiempos tan difíciles como los que ha tocado vivir en Catalunya, las demandas de la unidad no son pequeñas. Son también el anhelo y la esperanza de mucha gente concernida y comprometida. Seguramente, por ejemplo, los gritos en favor de la unidad independentista resonarán con fuerza por las calles de Barcelona durante la manifestación de esta Diada Nacional. Y es legítimo que sea de esta manera.

Dicho esto, tengo el convencimiento, sin embargo, que la unidad que nos conviene no es tanto la unidad de los independentistas, que también estaría bien, claro, al menos en el hecho de compartir una estrategia seria y posible. No, la unidad de los catalanes es la que de verdad volvemos a necesitar. Y es que el país, al menos desde el otoño de 2017, tiene heridas abiertas y puentes rotos. Hay que curar y hay que rehacer. No es fácil claro ni será rápido; y en buena parte depende en buena medida de lo que vaya sucediendo durante los próximos meses; si las reacciones de todos nos devuelven al otoño de 2017 es probable que haya más heridas y fosos mayores.

Quedarnos atrapados en el dolor, cada uno el suyo, solo es bueno para quienes quieren hacer su fortaleza del conflicto enquistado

Para el mundo no independentista los plenos del Parlament de septiembre de aquel año supusieron una ruptura de las mínimas reglas parlamentarias que organizan la vida política en una sociedad democráticamente madura y sólida; al mismo tiempo el lenguaje y las actitudes de una parte del mundo independentista era vivido por amplios sectores del autonomismo y el federalismo, de tradición democrática y catalanista, como una expulsión del campo de los demócratas y del catalanismo en toda regla. La huida hacia delante que fue la proclamación de la independencia del 27-O, por muy huida adelante que fuera, remachaba, aunque fuera simbólicamente, el clavo de la ruptura con todo el sistema institucional vigente. Durante aquellas semanas en este campo hubo miedo y tristeza.

Para mi mundo, el mundo independentista y soberanista, las heridas son muy profundas. Solo hay que recordar algunos hechos: la brutalidad de la intervención policial del 1-O, el discurso del Rey del 3-O, las prisiones provisionales de Jordi Cuixart y Jordi Sànchez decretadas el 16 de octubre y el resto de las cárceles de los líderes políticos a principios de noviembre, la marcha al extranjero del ‘president’ Puigdemont y algunos miembros del Govern, que iniciaban un incierto exilio político, la puesta en marcha del artículo 155 de la Constitución, con la disolución del Parlament, del Govern y la intervención de la autonomía y las consecuencias de todo orden que se derivan de todo ello… El panorama era desolador. Muchas cosas se rompieron entonces en lo más profundo de los sentimientos y las confianzas de muchos catalanes.

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Han pasado ya dos años y estamos a las puertas de la sentencia de la Sala Segunda del Tribunal Supremo. La intensidad ha bajado, pero todas las cuestiones de fondo están allí. No hemos avanzado mucho.
También es cierto que, por suerte, la convivencia cívica del país sigue siendo sólida; la inmensa mayoría de la gente tiene un enorme sentido común. No hay problema de convivencia como se empeñan en proclamar algunos, pero si que tenemos un problema de fuerte polarización política y tenemos el riesgo de quedar atrapados en el dolor y el resentimiento, cada uno desde su razón. Y eso no es bueno para nadie. Vaya, solo es bueno para aquellos que del conflicto enquistado quieren hacer su fortaleza. Para el país el enquistamiento nos condena al bloqueo y al inmovilismo. A perder oportunidades y a renunciar al progreso colectivo.

El país necesita mirar hacia delante y afrontar retos económicos, sociales, tecnológicos, culturales y climáticos que son de una magnitud colosal. Y solo podrá afrontarlos seriamente si somos capaces de compartir algunas ideas, valores y sentimientos.

Rehacer la unidad de los catalanes debería ser nuestro obsesión, y esto solo será posible con empatía

Pero para hacer esta tarea toca curar las heridas y rehacer los puentes, no echar más sal o cavar más hondo.

Rehacer la unidad de los catalanes debería ser nuestra obsesión en los próximos tiempos. Y solo podremos rehacer esta unidad si todo el mundo es capaz de sentir empatía con el sufrimiento de los otros, el reconocimiento de sus razones y un profundo sentido de la justicia. Y saber perdonar y saber pedir perdón.

Catalunya es una nación sin estado y que por lo tanto no tiene otra fuerza que su gente, con toda su pluralidad y complejidad. Precisamente cuando este país ha sido más fuerte es cuando hemos sido capaces, gente que pensamos y sentimos diferente, de reunirnos bajo unos mismos ideales de libertad y justicia.

*Exdiputado en el Congreso.