15 ago 2020

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Los 'correbous'

’Correbous’ en Santa Bàrbara, en el Montsià.

JOAN REVILLAS

Fiestas y valores

Mar Calpena

Cabe preguntarse cuáles son los valores que unen a un pueblo que encuentra motivo de diversión en fustigar a otro ser vivo por el mero placer de hacerlo

Que Barcelona fue la capital taurina del mundo, con tres cosos en activo simultáneamente allá por el siglo XIX, es uno de esos datos curiosos que suelen aparecer como rasgo cuqui de una urbe ya desaparecida en los artículos sobre patrimonio de la ciudad, junto con la Monyos, los baños públicos y los serenos. Pero la tauromaquia, pese a haber tenido unas raíces tan catalanas como mi abuela materna (ocho apellidos catalanes y fastidiándome en mi niñez el visionado de 'Orzowei' para sintonizar las corridas del UHF), siempre fue una fiesta siempre sospechosa de foránea –quizá precisamente por su empeño en autodenominarse 'nacional'- y ciertamente convicta de gore. Así que en el 2008 se decidió convertir a Catalunya en territorio libre de corridas de toros, pese a la oposición de una afición cada vez más escasa, y el poco ahínco que pusieron en ello PSC y CiU. Este partido fue precisamente el que eximió del mismo trato a los 'correbous', que, aunque nominalmente menos crueles, cada verano nos recuerdan el sinsentido que supone fustigar a unas reses para que un grupo humano demuestre su teórico valor corriendo delante de ellas.

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Los juegos y fiestas con animales nos remiten a un pasado en el que la sumisión de la fauna al ser humano era una necesidad de la vida cotidiana, una reafirmación de la comunidad y una celebración de la vida. Pero cabe preguntarse qué se pretende celebrar exactamente hoy en día y cuáles son los valores que unen a un pueblo que encuentra motivo de diversión en fustigar a otro ser vivo por el mero placer de hacerlo. Puede debatirse con los animalistas sobre la conveniencia del consumo de carne, o incluso el empleo de animales de tiro y transporte, pero apelar a la tradición y a unos supuestos motivos culturales o estéticos para rechazar buscar alternativas a las fiestas con animales resulta a estas alturas de la fiesta poco imaginativo, reaccionario y anacrónico. Sean estas corridas, encierros, romerías, circos, delfinarios… o 'correbous'.