Análisis

¿Cuándo empieza lo bueno?

Vivimos presos de las consignas que escriben los que van al fútbol y le dan la espalda al césped

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¿Cuándo empieza lo bueno?

AFP / MARTIN BUREAU

Se acompasaron los últimos calores, se reordenan las rutinas y el deporte no nos salva de la depresión posvacacional. Más al contrario, nos la agrava. Baja la temperatura y cuanto mayor es la oferta de ocio deportivo menos nos reconforta. Nos quedamos en casa por seguridad y nos resbalamos en un charquito de la cocina. Desearíamos seguir esperando a que empiecen los encantos de la nueva temporada pero de repente nos damos cuenta de que hace rato que empezó, y casi peor. Porque no se han concretado grandes cosas, porque nos damos cuenta de que nos hemos pasado todo el verano pendientes de un sueño que no era tal. Porque el deporte, que debería ser una evasión liberadora, nos golpea constantemente con noticias tristes, con revelaciones decepcionantes. Oyes una noticia y no sabes si es un suceso. No sabes si te la cuenta Piqueras o Pedrerol, pero parece apocalíptica.

En el deporte hay pérdidas para siempre y despedidas de figuras admiradas. Los que irrumpen o explotan rara vez igualan el ángel de los que se van. Porque nos inundan las portadas vacías, los subtitulados, los juicios que discuten su pureza y esos diablillos sin entidad que se autoproclaman réplicas divinas, señalándose el nombre a la espalda. Hay camas, zancadillas, cuotas al alza, revisiones sin vídeo, quinielas sin variantes y pestañas que para dar suerte no se caen sino que se tiran. Aunque mi atención deportiva fuera solo una mitad de mi cosmos, podría, como una fruta, echar a perder la otra mitad. ¿No se le puede dar un equipo campeón al entrenador del Toulouse, capaz de retirar a un jugador de su equipo para equilibrar la expulsión injusta de un rival?

Un refugio de puro goce

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Vivimos entre desaires y pálpitos, y así podemos seguir. Yacemos en las vías del tren del alistamiento incondicional, que nos deja sin libertad de opinión, presos de las consignas que escriben los que van al fútbol y le dan la espalda al césped. Colores, escudos y banderas niegan la posibilidad de aburrimiento, así que siento como que estoy sintiendo algo ilegal. Y si quieres acudir a verlo de cerca… ¿Algún analista financiero y comercial se ha puesto a evaluar a qué corresponde cada euro de los cientos que cuesta una entrada? Lo llaman "experiencia" sin mirar la definición de esta palabra en la RAE. Sería como entrar a un 'bakery' de café ecológico y masa madre y que suene Maluma, que es lo que suele ocurrir. Una derrota obliga a una conclusión o fabricar disculpas. No deja opción a escudriñar matices, a detenerte en los brillos pequeños, eventuales.

Quien quiera refugiarse en el deporte como un refugio de puro goce debería poder hacerlo. Que esté ofertado. ¿Dónde está hoy la magia, la fantasía? Las dosis son escasas. Mira, Fabián Ceballos. Enseguida se acaba. Semenya es futbolista. Los entrenadores con los mejores presupuestos llaman la atención sobre carestías.  Si hasta Italia, en baloncesto, se convirtió en un grupo de tiernos estilistas que, si se enfadan, a lo máximo que se atreven es a silenciarte, como en Twitter.

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