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Análisis

El primer ministro británico, Boris Johnson, este lunes.

Nuevas cartas para el 'brexit'

Josep Martí Blanch

Insultar o burlarse de Boris Johnson es un deporte nacional para la mitad del Reino Unido y para casi toda la Europa continental. En los últimos días la euforia antiBoris se ha desatado. Perdió la mayoría parlamentaria cuando el diputado conservador Phillip Lee se pasó con armas y bagajes a la bancada de los liberales; hasta un total de 21 diputados de su partido votaron con la oposición para que el Parlamento pudiese debatir una ley que le impidiese abandonar la UE sin acuerdo el 31 de octubre; y, finalmente, la cámara de los comunes le ha impuesto por ley la obligación de solicitar una nueva prórroga a Europa hasta el 31 de enero del 2020. Por no conseguir, no ha podido tan siquiera convencer -de momento- a los comunes para que autoricen la convocatoria de elecciones generales que el Premier quiere para el próximo 15 de octubre.

Y sin embargo, tras tanta derrota en tan pocos días y tras tanta euforia entre sus adversarios, sigue siendo palpable el miedo a que, en realidad, la situación política del Reino Unido sea exactamente la que Boris Johnson desea para acabar sacando ventaja en el futuro a medio plazo. Con la expulsión del partido de Philip Hammond, canciller del anterior Gobierno; Rory Steward, el que fue su rival en la contienda tory por suceder a Theresa May, y dieciocho diputados más, entre ellos Nicolas Soamos, el nieto de Winston Churchill, Boris Johnson ha silenciado a la oposición de su propio partido y deja claro que en las próximas elecciones sólo habrá sitio en el Partido Conservador para los que compartan su misma visión del Brexit.

Incluso Nigel Farage, vencedor de las elecciones europeas con su artefacto Brexit Party, ha anunciado que no se presentaría a unos comicios legislativos si Boris Johnson demuestra en su programa que va en serio con lo de cortar por lo sano con la UE, con acuerdo o sin él. Que en Escocia el Partido Conservador desaparezca de nuevo, cuestión inevitable tras la dimisión de Ruth Dadvidson -la mujer que ha sacado del pozo a los tories en el reino del Partido Nacional Escocés, parece que no le quita el sueño al premier británico.

Batalla útil

Más allá del mundo conservador, la batalla de Johnson contra el Parlamento también le es de utilidad para seguir trabajando ante los votantes la campaña del victimismo en la que ha decidido instalarse y que tan buenos resultados acostumbra a dar en política a quien la práctica.

Al margen de los detalles del guión que se escriben día a día y enriquecen la obra con elementos de tensión añadida, la gran trama de las elecciones parece que estaba escrita por Boris Johnson antes de llegar al 10 de Downing Street. Johnson tiene dos ventajas ahora mismo. La primera es que su contrincante en las elecciones será Jeremy Corbyn, un hombre que es imposible que aglutine alrededor de su candidatura el voto de todos los que quisieran ver al actual premier convertido en un cadáver político, y que la oposición acudirá dividida a las urnas.

La segunda, más relevante si cabe, que su discurso de resonancias populistas es mucho más fácil de convertir en eslogan electoral que el de sus contrincantes. El nuevo referéndum del 'bréxit' está ya muy cerca, esta vez en forma de elecciones. Se repartirán cartas de nuevo. Boris Johnson sabe contarlas.