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Análisis

La expresidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre.

EFE / EMILIO NARANJO

Hasta que llegó su hora

Antón Losada

Según el juez, Aguirre era la rana mayor en aquel estanque de prevaricaciones, comisiones y financiación ilegal

El único beneficiado es Albert Rivera, la realidad le da la razón: España Suma pero la corrupción resta más

Esperanza Aguirre tardó un lustro en asumir las responsabilidades políticas por la corrupción que se institucionalizó, hasta convertirse en un régimen, en la Comunidad de Madrid gobernada por el Partido Popular y el aguirrismso durante más de 15 años. Cuando acuda –"encantada"- a declarar como imputada y afronte sus posibles responsabilidades penales, habrá pasado casi una década desde que se proclamó "destapadora" de la Gürtel. Otra prueba más de que, por mucho que uno corra, en política y en la vida todo llega, para la ambición rubia también.

Hasta su imputación, Aguirre había logrado evitar las salpicaduras penales amparándose tras su famosa teoría de las ranas: de varios centenares de nombramientos solo dos, Francisco Granados e Ignacio González, le habían salido rana, alegaba en su defensa; a veces desafiante, a veces llorando. Poco importaba que fueran nada menos que sus segundos. Ni siquiera que las ranas ya fueran multitud. La leyenda urbana de la lideresa liberal, gobernante feliz en un paraíso de modélicos servicios privatizados y rebajas fiscales inagotables, parecía indemne a la realidad de una autonomía donde, como revelan los sumarios de los casos Gürtel, Lezo, Púnica o los Espías, la corrupción se había convertido en una forma de gobierno y dos bandas de saqueadores, la de Granados y la de González, se disputaban ferozmente los recursos públicos en beneficio propio y del partido.

El auto que imputa a Aguirre destruye el mito de la gobernante liberal y cuenta con toda su crudeza la historia que tantos medios, generosamente regados en su día con dinero público a mayor gloria de la lideresa, se han negado a relatar. La misma historia que las pruebas y el más común de los sentidos parecen permitir intuir: en aquel Madrid donde reinaba con poder absoluto nada podía ser ajeno a su conocimiento. Según el juez, ella era la rana mayor en aquel estanque de prevaricaciones, comisiones y financiación ilegal y los demás se enriquecían a cambio de seguir sus ordenes.

Las consecuencias para Pablo Casado se intuyen desastrosas. Como en el día de la marmota, ya andan los populares como almas en pena por radios y televisiones negando conocerla mucho, borrando del currículo los años servidos en su administración, invocando la prescripción de los delitos y reclamando para sí la presunción de inocencia que niegan sistemáticamente a los demás. El único beneficiado es Albert Rivera: en plena presión para ir en coalición con los populares si hay repetición electoral, la realidad le da la razón: España Suma pero la corrupción resta más.

El pasado fin de semana su némesis, Mariano Rajoy, tantas veces fustigado por Aguirre a causa de su supuesta mano blanda con los corruptos, se reivindicaba a si mismo en la fiesta de la vendimia de Leiro, en Ourense. “Viva el Vino”, jaleó de nuevo liberado en su papel de tranquilo expresidente. Ya puestos podía haberse pedido una de pulpo con cachelos y unos pimientos de Padrón, la ocasión lo merecía.